“No queremos prescindir de Dios en esta fecha tan importante para nuestro país”

En Iglesia Catedral, Diócesis de Santa María de Los Ángeles oró agardecida por la patria.  

En la Iglesia Catedral de la Diócesis de Santa María de Los Ángeles, este miércoles 18 de septiembre a las 10:30 horas se celebró una solemne misa por la patria. La eucaristía fue presidida por el Obispo Felipe Bacarreza Rodríguez y concelebrada por presbíteros del decanato ciudad a los que se sumaron diáconos, religiosas y laicos de las distintas comunidades diocesanas.

A la celebración eucarística por Chile asistieron autoridades civiles y militares entre los que se destacan Ignacio Fica, Gobernador de la provincia del Bio Bio; Esteban Krause, Alcalde de la ciudad; los diputados Cristóbal Urruticoechea e Iván Norambuena; Consejeros Regionales; concejales, dirigentes sociales y de instituciones de la sociedad civil angelina.

En la homilía, el Obispo diocesano afirmó que Chile “…jardín del Edén nos ha puesto Dios a nosotros con el mismo fin: para que lo cultivemos y cuidemos. Es necesario que cobremos conciencia del precioso don que Dios nos ha dado para que lo cuidemos con cariño, evitando todo lo que pueda dañarlo. Nunca como ahora, con los procesos de explotación intensiva y con los productos descartables no degradables, como el plástico, hemos dañado tanto nuestra «casa común», haciendola menos habitable y menos bella”.

El prelado también tuvo palabras para llamar a la unidad de la sociedad civil, exhortando a que “Si no está en el ser humano el amor de Dios todo es una lucha por el dinero y por el poder. Si no está en nosotros el amor de Dios, su lugar lo ocupa el dinero: «Ustedes no pueden servir a Dios  y al dinero, porque nadie puede servir a dos señores; aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro»”.

En medio de todas las celebraciones por Chile, el Obispo Bacarreza destacó que la misa celebrada en la Catedral de Los Ángeles “es un signo de que no queremos prescindir de Dios en esta fecha tan importante para nuestro país. No queremos que Chile en su conjunto con sus instituciones, alejándose de Dios y prescindiendo de Él, queriendo construirse al margen de Dios, caiga al nivel del hijo pródigo que se apartó de su padre para hacer su vida al margen de él”.

 

Homilía en la celebración del Te Deum

Catedral Santa María de los Ángeles

18 septiembre 2019

Señor Gobernador…

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos

Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

 

  • La celebración ciudadana más importante en nuestra patria es ciertamente la que tiene como motivo su nacimiento, el nacimiento de Chile como nación independiente. Nuestro país ha considerado siempre que la alegría que sentimos los chilenos por ser parte de esta patria nuestra es tan grande que no nos basta un solo día para expresarla; necesitamos dos días, el 18 y el 19 de septiembre. En este año particular, en que se cumple su aniversario N. 209, tendremos cinco días para celebrarlo.

 

  • Nuestro país, su gente y su territorio, es un don que hemos recibido y que debemos agradecer. Lo hemos recibido de Dios, porque es Él quien ha creado el universo. El universo no ha podido crearse a sí mismo. La Biblia engloba todo lo creado en la expresión «cielo y tierra» y comienza con estas palabras: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Los que creemos en Dios lo profesamos diciendo: «Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra». A este Dios queremos alabar hoy cantando: «A ti, oh Dios, te alabamos, a Ti te reconocemos como Señor. A Ti, eterno Padre, toda la tierra te venera».

 

  • Respecto de la tierra el Salmo 24 dice: «Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella, el orbe y todos sus habitantes» (Sal 24,1). Realmente, esta porción de la tierra que tiene el nombre de Chile y todos sushabitantes son un don de Dios, que debemos agradecer en todo momento y cuidar.

 

  • Después de relatar la creación del universo, la Biblia nos relata la creación del que es la obra más querida por Dios, la única criatura que es imagen y semejanza del mismo Dios y que goza de su aliento de vida: «El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, y sopló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser vivo». Agrega el relato: «Luego plantó el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, donde puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer… Tomó Dios al hombre y lo puso en al jardín de Edén, para que lo cultivase y cuidase».

 

  • Esto es verdad también de cada uno de nosotros y de todo nuestro pueblo. Con razón esta tierra de Chile es definida como una «copia feliz del Edén». Con sus mares, montañas, valles y ríos y con su gran variedad de climas, puede ser definida de esa manera. En este jardín del Edén nos ha puesto Dios a nosotros con el mismo fin: para que lo cultivemos y cuidemos. Es necesario que cobremos conciencia del precioso don que Dios nos ha dado para que lo cuidemos con cariño, evitando todo lo que pueda dañarlo. Nunca como ahora, con los procesos de explotación intensiva y con los productos descartables no degradables, como el plástico, hemos dañado tanto nuestra «casa común», haciendola menos habitable y menos bella. No la hemos recibido sólo para cultivarla, sino también –agrega Dios– «para cuidarla». Es urgente que cobremos conciencia de este deber, antes de que el daño sea irreversible. La conciencia ecológica debe ser parte de nuestra mentalidad y cultura. Debemos cuidar la casa común con el mismo interés con que cada uno cuida su propia casa. Responde al plan de Dios que nos ha dado la tierra, que es siempre suya, para que nosotros la cuidemos como un don precioso.

 

  • Cuando leemos en el Génesis: «Puso Dios al hombre que había formado en el jardín del Edén, para que lo cultivara y cuidara», habríamos pensado que ya la felicidad del hombre era plena. Pero no. El mismo Dios observa que algo falta: «Dijo el Señor Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda correspondiente”». Hemos adoptado la palabra «correspondiente» para describir esa ayuda que Dios quiere dar al hombre. Pero, en realidad, no tenemos ninguna palabra española para traducir la expresión que usa la Biblia para describir esa ayuda. Esa expresión es única en toda la Biblia. La idea es: «una ayuda que esté frente a él como dos partes iguales y complementarias que hacen una sola cosa». Todo esto está expresado en la Biblia por una sola palabra creada con ese fin; suena así: «knegdó». Ninguno de los seres creados satisfacía esta definición, ni tampoco otro hombre: «El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, pero para el hombre no encontró una ayuda correspondiente (knegdó)». Finalmente, Dios formó a la mujer, tomándola del mismo hombre: «Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una parte, rellenando el vacío con carne. De la parte que el Señor Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer (ishá), porque del varón (ish) ha sido tomada». Recién ahora puede explicar el texto bíblico la expresión knegdó, que creó para describir la relación entre el hombre y la mujer: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne».

 

  • No hay en este relato de la creación vestigio alguno de otra relación que dé plenitud al ser humano distinta la relación entre hombre y mujer. Sólo un hombre y una mujer pueden unirse para formar una sola carne, porque la mujer ha sido tomada del hombre y esto despierta en el hombre atracción hacia la mujer como hacia su propia carne: «Por eso, el hombre se unirá a su mujer y se harán los dos una sola carne». Así se vivía en el Edén. Esta es la norma que queremos para esta patria nuestra que es «copia feliz del Edén». Cuando San Pablo habla de la unión entre el hombre y la mujer dice: «Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño» (Ef 5,28-29).

 

  • Tenemos una patria hermosa, dotada de todo tipo de riqueza y belleza. ¿Qué nos falta para ser felices? ¿Por qué vemos en nuestra patria tanta violencia hasta el punto de comenzar a habituarnos a ella y querer resolver los problemas por la vía rápida de la violencia? ¿Por qué vemos tantos compatriotas insatisfechos? ¿Por qué vemos tanta confrontación y tanta dificultad para trabajar juntos? En todo tipo de temas, si uno dice: A, inmediatamente se levantan cincuenta a decir: Z.

 

  • La razón de nuestra división y confrontación, en lugar de vivir en la cordialidad y la fraternidad, es que hemos dejado de lado a Dios, queremos resolver nuestros problemas sin tener en cuenta a Dios. Como hemos escuchado en la primera lectura y en el Evangelio, Dios envió a su Hijo al mundo y envió a su Espíritu a nuestros corazones para que nosotros recibiéramos la condición de hijos de Dios. Anhelamos poder relacionarnos todos los chilenos como hijos de Dios.

 

  • Repitamos esos importantes textos, que se han proclamado: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que ustedes son hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá, Padre!”». El Espíritu nos concede tener a Dios como Padre, y, desde el fondo del corazón, llamarlo como lo llamaba su Hijo Jesús: «Abbá, Padre».

 

  • Jesús quiso compartir con nosotros su condición de hijo de Dios, enseñandonos a orar como ora Él mismo: «Ustedes oren así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo…”».

 

  • Estamos llamados a la inmensa dignidad de hijos de Dios, pero nosotros insistimos en alejarnos de Él e ignorarlo, en nuestras leyes, en los lugares públicos, en la diversión, en las plazas y en las relaciones entre nosotros.

 

  • El domingo pasado la liturgia nos presentaba la parábola del hijo pródigo. Allí podemos comprender cómo ve Jesús a quien se ha alejado de Dios y quiere construir su vida al margen de Él. Es la descripción que hace del hijo menor. Después de recibir de su padre la parte de la herencia que le correspondía, sigue Jesús: «Lo reunió todo y se fue a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus campos a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba». Es la descripción que hace Jesús del hijo que quiere vivir alejado de su padre: cae a una condición inferior a un puerco. Hay que considerar que para un judío el puerco es un animal inmundo, es decir, está en una condición que lo inhabilita para estar en la presencia de Dios. ¿Por qué carga tanto la tintas Jesús? ¿Quién puede caer tan bajo? Es el modo que tiene Él de describir la situación en que queda quien, estando llamado a ser hijo de Dios, opta por abandonar a Dios y vivir su vida ignorando a Dios.

 

  • Conocemos el desenlace: el hijo decide volver al padre y el padre lo recibe con fiesta y lo restituye a la condición de hijo. Esto es lo que en este día de la patria, pedimos a Dios. Que todos vivamos en ella como hijos de Dios. Entonces conoceremos lo que es la unidad y la verdadera fraternidad. Entonces cesará entre nosotros la violencia y la delincuencia, que es la expresión extrema del egoísmo, entonces nuestras relaciones serán de amor verdadero, porque, como nos dice el apóstol San Juan en su primera carta: «El amor es de Dios y el que ama conoce a Dios y ha nacido de Dios», el que ama es hijo de Dios.

 

  • Si no está en nuestros corazones el amor de Dios, el ser humano termina siempre en el egoísmo, luchando por su propio interés. Si no está en el ser humano el amor de Dios es imposible que se niegue a sí mismo y busque el bien del otro. Si no está en el ser humano el amor de Dios todo es una lucha por el dinero y por el poder. Si no está en nosotros el amor de Dios, su lugar lo ocupa el dinero: «Ustedes no pueden servir a Dios y al dinero, porque nadie puede servir a dos señores; aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro».

 

  • Toda la creación anhela ser habitada por los hijos de Dios y mientras eso no ocurra ella está sometida a la esclavitud y gime.

 

  • Esto lo decimos hoy, en particular, por esta porción de la creación que Dios nos ha dado para que en ella vivamos como hermanos. Los mares, montañas, valles, ríos y lagos anhelan ser gozados por hijos de Dios y se lamentan cuando son explotados por el egoísmo de algunos pocos. Lo dice de manera muy poética San Pablo: «La creación sufre una ansiosa espera, anhela vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rom 8,19-22). Espera la manifestación de los hijos de Dios. Entonces, ella será liberada y ofrecerá todo tipo de frutos a toda la humanidad. Tal vez no hay en toda la literatura una expresión más fuerte de la conciencia ecológica; la creación quiere ser habitada por hijos de Dios y, mientras eso no ocurra, ella gime y sufre dolores de parto.

 

  • Los medios de comunicación y toda la agitación que se ha visto en las calles estos días de fiesta nos llaman a celebrar las fiestas patrias, pero se trata siempre de comer, beber y bailar. No he visto ningún medio que invite a orar por la patria y por sus habitantes. Por medio de esta celebración religiosa, en que Cristo estará en medio de nosotros, nosotros queremos orar a Dios como hijos y pedirle que nos conceda su Espíritu a nosotros y a todos nuestros hermanos chilenos.

 

  • Tenemos la promesa de Jesús: «Todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, Él se los concederá». Pero también su queja: «Hasta ahora no han pedido nada en mi Nombre». Se ora poco en Chile. Hay una difusa convicción de que nosotros solos podemos. En cambio, Jesús nos previene claramente: «Separados de mí no pueden hacer nada». ¿Qué significa orar en el Nombre de Cristo? Significa hacerlo como si fuera Él mismo, con sus valores, con su condición de hijo de Dios, como si Él mismo orara en nosotros. Si así lo hiciéramos, nuestro país sería como lo quiso Dios, sería como el paraíso.

 

  • Si la patria sigue su camino intentando construirse al margen de Dios se cumple lo que dice el Salmo: «Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 127,1-2).

 

  • La celebración de esta Eucaristía es un signo de que no queremos prescindir de Dios en esta fecha tan importante para nuestro país. No queremos que Chile en su conjunto con sus instituciones, alejandose de Dios y prescindiendo de Él, queriendo construirse al margen de Dios, caiga al nivel del hijo pródigo que se apartó de su padre para hacer su vida al margen de él.

 

  • El Hijo de Dios hecho hombre tuvo una Madre en este mundo. Él quiso dejarla a ella como madre nuestra cuando, en el momento supremo y solemne de la cruz, dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Ella es madre de cada uno de los discípulos de Cristo y también de esta patria nuestra, como decíamos a Dios en la oración colecta: «Dios omnipotente, estos hijos tuyos nos alegramos de tener como Protectora a la Santísima Virgen del Carmen, Madre y Reina de esta Patria nuestra». A ella queremos pedir esta mañana que todos los chilenos seamos verdaderamente hijos de Dios e hijos suyos y que podamos resolver todos los problemas que nos aquejan y que todos conocemos, sobre todo, que vivamos en esta patria nuestra amandonos unos a otros como hermanos.

 

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