“Les he dado ejemplo”

Domingo 5 noviembre 2017
El Evangelio de Hoy
Mt 23,1-12
Les he dado ejemplo

En el Capítulo XXII de su Evangelio, Mateo agrupa diversas preguntas que hacen a Jesús los fariseos, los saduceos y hasta los herodianos con intención de ponerlo a prueba. A todas responde Jesús con verdad y sabiduría, de manera que todos quedaban admirados. El evangelista concluye ese Capítulo observando: «Nadie era capaz de responderle palabra ni se atrevió alguien desde aquel día a preguntarle más» (Mt 22,46). Aquí comienza el Evangelio que leemos este Domingo XXXI del tiempo ordinario.

«Entonces Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos”». En el tiempo de Jesús se consideraba que el Pentateuco (los cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), que los judíos llaman «la Ley (la Torah)», había sido escrito por Moisés, que lo había recibido de Dios: «Moisés puso por escrito esta Ley y se la dio a los sacerdotes… y a todos los ancianos de Israel» (Deut 31,9). La «cátedra de Moisés» es, entonces, la enseñanza de esa Ley. En el tiempo de Jesús cumplían esta tarea «los escribas y fariseos». Estos no son dos grupos separados. Los escribas eran los que sabían leer y escribir y podían, por tanto, estudiar el texto sagrado de la Ley y enseñarlo a otros. Había escribas en todos los grupos religiosos, también entre los fariseos. A éstos se refiere Jesús, es decir, a «los escribas de los fariseos». Los fariseos profesaban la observancia estricta de la Ley. Cuando uno de ellos era, además, escriba y enseñaba esa observancia de la Ley a los demás, responde a la definición de «Rabbí» (Maestro). A ellos se refiere Jesús.

Jesús se demuestra totalmente respetuoso de esa enseñanza y quiere que lo sean también la gente y a sus discípulos: «Hagan, pues, y observen todo los que ellos les digan». Jesús ya había declarado: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a darles cumplimiento» (Mt 5,17). Lo que agrega, sin embargo, es una severa crítica a esos maestros: «No hagan según las obras de ellos, porque ellos dicen y no hacen». Y sigue la descripción de esos maestros, con imágenes concretas y precisas: «Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas». La Ley era comparada con un yugo que se debe llevar sobre los hombros. Este yugo, en el caso de la Ley, era pesado. Para referirse a su propia ley, Jesús se adapta a ese modo de hablar; pero con una gran diferencia: «Tomen sobre ustedes mi yugo… Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,29.30).

Jesús no sólo critica a los escribas de los fariseos su incoherencia: «Dicen y no hacen», sino también su motivación: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres». Y sigue una lista de esas cosas: «Se hacen bien anchas las filacterias… quieren los primeros puestos en los banquetes y en las sinagogas… que la gente los llame “Rabbí”». Habríamos esperado que ellos hicieran sus buenas obras para dar gloria a Dios y obedecer su voluntad y que enseñaran la Ley de Dios para que la gente tuviera en ella vida: «Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas al Señor tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás» (Deut 30,16). No es esa su motivación; su motivación es su propio interés. Dios los confunde, porque es un interés vano: conseguir la admiración de los seres humanos, que los tengan como sabios y santos. Además de vano, es un bien efímero, porque se basa en la apariencia y el engaño.

Jesús, a continuación, da normas a sus discípulos: «Ustedes no se dejen llamar “Rabbí”, porque uno sólo es el Maestro de ustedes y ustedes son todos hermanos». En la comunidad de los discípulos de Jesús –su Iglesia– los que tienen misión de enseñar, deben revisar continuamente que su motivación sea el amor a Dios y a los hermanos, es decir, el mandamiento principal de la Ley, tal como Jesús poco antes la ha resumido. Sigue Jesús: «No llamen a nadie “Padre” de ustedes en la tierra, porque uno solo es el Padre de ustedes, el celestial». Reafirma lo que ya ha enseñado: «Cuando oren digan: “Padre nuestro que estás en el cielo…”» (Mt 6,9). Y sigue: «Ni tampoco se dejen llamar “Guías”, porque uno solo es el Guía de ustedes, el Cristo». Es cierto que en su Iglesia hay algunos que tienen puestos de gobierno y de enseñanza, como Pedro, a quien Jesús puso a la cabeza de su Iglesia: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15.16.17). Pero, para éstos rige la siguiente norma: «El más grande entre ustedes será el servidor de ustedes». La única grandeza a la cual se debe aspirar en la Iglesia de Cristo es el servicio.

Jesús no sólo enseñó todo esto de palabra, sino también con su vida. La inmensa autoridad de su palabra proviene de su infinita coherencia. El «tomó la condición de esclavo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2,7.8); él sirvió a sus discípulos como un esclavo, lavándoles los pies y, sólo después de ese impactante testimonio de humildad, les enseña: «Si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies a ustedes, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes» (Jn 13,14-15). ¡Qué distinta es esta enseñanza de la que entregaban esos escribas de los fariseos! Esta enseñanza nadie puede negarse a acogerla. Él merece ser llamado «Maestro».

Jesús concluye con una advertencia que es también una revelación y un criterio para el juicio de nuestros actos: «El que se ensalce a sí mismo será humillado y el que se humille a sí mismo será ensalzado».

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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