Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario – 11 de octubre de 2020

Tiempo Ordinario, Domingo 28A Mt 22,1-14

Ustedes se han revestido de Cristo

El Evangelio de este Domingo XXVIII del tiempo ordinario nos presenta nuevamente una parábola de Jesús. Sabemos quiénes son sus destinatarios, porque la frase anterior lo indica: «Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerlo, pero tuvieron miedo a la gente porque lo tenían por un profeta» (Mt 21,45-46). El Evangelio continúa: «Tomando de nuevo la palabra Jesús les habló en parábolas, diciendo…».

Conocemos esta introducción, porque la ha usado ya Mateo en el Capítulo XIII de su Evangelio: «Les habló muchas cosas en parábolas, diciendo…» (Mt 13,3). Sigue su discurso en parábolas, en el cual reúne siete parábolas. Seis de ellas comienzan con la fórmula: «El Reino de los cielos es semejante a…». La parábola que leemos este domingo comienza con esa misma fórmula: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo…». ¿Por qué el evangelista no la incluye dentro del discurso en parábolas? Porque prevalece otro criterio que usa el evangelista en la distribución del material que posee. Él reúne el material que trata del mismo tema. Y aquí precede la parábola de los viñadores homicidas, que maltratan y matan a los enviados del dueño de la viña, incluso a su propio hijo, y cuya conclusión es: «Se les quitará a ustedes el Reino de Dios para darselo a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21,43).

En la parábola del rey que invita a la boda de su hijo se trata del desprecio por parte de los primeros invitados: «El rey envió a sus siervos a llamar a los invitados, pero no quisieron venir». Tenemos que considerar el momento en que se proclamaba esta parábola, porque aquí resuenan términos que son propios de la comunidad cristiana. En efecto, el verbo «enviar» pertenece al lenguaje de la misión encomendada por Jesús a sus discípulos. Es el verbo griego: «apostello», del cual procede el sustantivo «apóstol». Ningún enviado recibe este nombre, excepto el enviado por Jesús. El verbo «llamar», que en griego se dice: «kaleo», da origen al término «ekklesía» (comunidad de los llamados). Aquí resuena ese verbo también en el sustantivo: «invitados» (keklemenos = los llamados). Podemos decir que la parábola se refiere a la vocación cristiana. Nos recuerda la exhortación de San Pablo, que es quien adoptó el término Iglesia (ekklesía) para designar a la comunidad de los discípulos de Cristo: «Los exhorto yo, el prisionero por Cristo, a que caminen de una manera digna de la llamada a la cual fueron llamados» (Ef 4,1).

En la llamada al banquete del rey hay algunos que gozaban de preferencia; ellos estaban en la lista de los invitados. Pero ellos no quisieron venir: «Sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio» y, además, «agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron». Esto es lo que determinó que la invitación se extendiera a todos: «Entonces dice el rey a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Vayan, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encuentren, invitenlos a la boda”». Nadie es digno de semejante invitación, ni siquiera los primeros; todos la reciben como un don gratuito inmerecido. Por eso, el rechazo se convierte en un desprecio y una ofensa.

Pero el hecho de ser una invitación gratuita e inmerecida no dispensa de la obligación de apreciarla y agradecerla, poniendo cada uno todo de su parte, como lo confesamos en la celebración de la Eucaristía, que es la Acción de gracias por excelencia: «En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Jesucristo nuestro Señor». Desertar de la Eucaristía es una falta de gratitud.

El llamado a formar parte de la Iglesia de Cristo exige un cambio radical en quien ha sido favorecido. Es un cambio que suele representarse con un cambio de vestido, pero no de un vestido de este mundo, sino del que indica San Pablo: «Todos ustedes, los bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y si son de Cristo, ya son descendencia de Abraham, herederos según la Promesa» (Gal 3,27-29). Entre los llamados no hay distinción de raza, lengua, pueblo o nación, todos son de Cristo y pasan así a ser descendencia de Abraham, es decir, del rango de los primeros invitados. De esta manera explica Mateo y la primera comunidad cristiana, que eran todos judíos, el paso del Reino de Dios, de los judíos, que eran los destinatarios de la Promesa de salvación, a todos los pueblos. El procedimiento usado por San Pablo fue siempre dirigirse con el Evangelio en primer lugar a los judíos. Pero el rechazo de ellos provocaba la predicación a todos. Así lo dice en la sinagoga de Antioquía de Pisidia: «Era necesario anunciar a ustedes, en primer lugar, la Palabra de Dios; pero ya que ustedes la rechazan y no se juzgan dignos de la vida eterna, miren que nos volvemos a los gentiles» (Hech 13,46).

Decíamos que el llamado, aunque es gratuito, no dispensa de una conducta coherente con semejante don; exige revestirse de Cristo. Así se explica la segunda parte de la parábola: «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía el traje de boda, le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de boda?». Él enmudeció». Nos hace recordar las palabras del famoso himno: «Dies irae», que se recitaba antiguamente en todos los funerales. Cuando el justo Juez se sentará en su trono y será traído el libro en el cual todo está contenido, pregunta el que recita: «Quid sum miser tunc dicturus… cum vix iustus sit securus?» (¿Qué diré entonces yo, miserable… cuando ni siquiera el justo está seguro?). Toda nuestra preocupación en este mundo debe ser revestirnos de Cristo, de manera que no sólo seamos invitados a la boda del Hijo, sino que seamos nosotros mismos hechos hijos de Dios.

                                                                       + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                  Obispo de Santa María de los Ángeles

Comparta esta noticia...