Domingo III del Tiempo de Adviento – 13 de diciembre de 2020

Jn 1,6-8·19-28 – Vino para dar testimonio de la Luz

El Evangelio de este Domingo III de Adviento se centra en la persona de Juan Bautista y particularmente en su singular vocación. Juan Bautista es uno de los personajes bíblicos que tiene una misión más clara, hasta el punto de ser llamado «el precursor del Señor». Es, por tanto, un personaje del Adviento.

Todo ser humano ha sido creado por Dios con una vocación común, como lo declara San Pablo en el himno con el cual comienza su carta a los efesios: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…, que nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo, para fuesemos santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiendonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad» (Ef 1,1.4-5). Todo ser humano tiene la vocación a ser santo e hijo de Dios en Cristo; y la tiene, asignada a él por Dios, que lo eligió antes de la creación del mundo. Nuestra preocupación debe ser, por tanto, alcanzar la santidad, pues para esto hemos sido creados. Esta es la vocación común. Pero ésta la realiza cada uno en fidelidad a su vocación particular, que debe procurar descubrir y a la cual debe responder. En el Evangelio de hoy vemos cómo responde Juan Bautista.

El Evangelio de hoy comienza citando el Prólogo del IV Evangelio: «Hubo un hombre enviado por Dios». Después de hablar de la Palabra en Dios –«En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios…» (Jn 1,1ss)–, esta es la primera afirmación histórica de ese himno. Esa afirmación puede decirse de todo ser humano; todos hemos sido enviados a este mundo por Dios, cada uno con su propia misión, como dijimos. Pero el Prólogo se refiere a un hombre particular: «Su nombre era Juan». Inmediatamente, indica cuál es su singular vocación y lo hace con inusual insistencia: «Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz… vino para dar testimonio de la luz».

Debemos reconocer que esta vocación –dar testimonio de la luz– es desconcertante. En efecto, de todo lo creado, nada hay más manifiesto que la luz. Por su naturaleza, la luz no necesita de otro que la ponga en evidencia. La vocación de Juan requiere una aclaración. Es lo que leemos a continuación.

«Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él sacerdotes y levitas desde Jerusalén a preguntarle: “¿Quién eres tú”?». Cuando esto ocurrió Juan había pasado muchos años en el desierto, esperando que Dios le revelara su Palabra: «Vivió en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel… En el año quince del imperio de Tiberio César… fue dirigida la Palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc 1,80; 3,1.2-3). Su fama se había difundido hasta el punto de inquietar a las autoridades religiosas, que, por eso, mandan a preguntarle a él mismo sobre su identidad. El Evangelio de Lucas nos informa sobre el inmenso prestigio de Juan: «Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo» (Lc 3,15). Por eso, Juan se adelanta a responder a esos enviados desde Jerusalén: «Yo no soy el Cristo».

Por otro lado, en ese tiempo se pensaba que, antes de la venida del Cristo –el Ungido, como David, que vendría a salvar al pueblo–, debía volver a la tierra el profeta Elías, que había sido arrebatado el cielo en un carro de fuego (cf. 2Rey 2,11-12). Esto explica la pregunta siguiente: «¿Eres tú Elías?». Este era uno de los más grandes profetas, que aparece en la Escritura abruptamente, con esta autopresentación: «Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga» (1Rey 17,1). Juan conoce bien al profeta Elías y sabe que debe venir a la tierra antes que el Ungido; pero no tiene la presunción de identificarse con él. Responde, por tanto: «No lo soy».

Para agotar todas las posibilidades, le hacen una tercera pregunta: «¿Eres tú el profeta?». La condición de profeta era muy apreciada en Israel, como lo dice Jesús: «Un profeta no carece de honor» (Mc 6,4). Y Juan era considerado un profeta: «Todos tenían a Juan por un verdadero profeta» (Mc 11,32). Pero la pregunta tiene sentido, porque se refiere a un profeta particular. En efecto, Moisés había anunciado, como promesa de Dios, la venida de ese profeta diciendo al pueblo: «El Señor tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien ustedes escucharán» (Deut 18,15). Se esperaba la venida de ese profeta, que debía ser «como Moisés». Pero tampoco con él se identifica Juan y responde: «No».

Agotadas todas las posibilidades y no queriendo volver sin una respuesta, la pregunta es directa: «¿Quién eres, entonces? ¿Qué dices de ti mismo?». A esta pregunta Juan responde formulando su vocación, que había sido anunciada por el profeta Isaías, pero de manera anónima: «Yo soy voz del que clama en el desierto: “Enderecen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Isaías había anunciado una misteriosa voz: «Una voz clama: “En el desierto abran camino al Señor, tracen en la estepa una calzada recta a nuestro Dios”» (Is 40,3).

¡Esto es lo que hizo Juan! Y lo hizo con absoluta fidelidad. Formó discípulos, para que, cuando se presentara el Señor, inmediatamente lo siguieran a Él. Era un profeta –«más que un profeta», como lo define Jesús (cf. Lc 7,26)–, porque sabía que ya estaba en la tierra el Salvador y lo afirma claramente: «En medio de ustedes está uno a quien ustedes no conocen». Y, si ellos pensaban que el Cristo podía ser él, él, en cumplimiento de su misión de preparar el camino al Señor que viene, se apresura a declarar: «Viene detrás de mí y yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias». Ahora entendemos por qué el Prólogo del IV Evangelio insiste en que su vocación es la de «dar testimonio de la luz». Porque el que viene detrás de él, a quien él indicará, es la Luz del mundo, como Él mismo lo declara: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Al resplandor de esa Luz, cada uno de nosotros debe descubrir su propia vocación y seguirla con fidelidad.

                                                              + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                       Obispo de Santa María de los Ángeles

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