Domingo I de Navidad – 27 de diciembre de 2020

Lc 2,22-40 – A ti una espada te atravesará el alma

Hace dos días la Iglesia y todo el mundo cristiano han celebrado el nacimiento del Hijo de Dios en este mundo, como verdadero hombre y como parte de la historia de la humanidad. Más aún, su nacimiento divide la historia humana en antes o después. Con pocas palabras expresa San Pablo este misterio: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer…» (Gal 4,4). En su Evangelio, Lucas, que investigó todo diligentemente, nos informa que en su concepción Dios respetó la virginidad de su madre María y su propósito de no conocer varón, anunciandole por medio del ángel Gabriel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer santo será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Todo hijo comparte con su padre que lo ha engendrado la misma naturaleza. Este Niño, anunciado a María como Hijo de Dios, comparte con su Padre la naturaleza divina, es Dios. Pero Dios es uno solo. Por eso, este Niño y su Padre y también el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, son cada uno la misma y única sustancia divina, son el mismo y único Dios, y no se diferencian sino en la relación que cada uno de ellos tiene con los otros dos. Son tres Personas distintas, un solo Dios.

Dios es santo y no tiene relación con el pecado, porque el pecado es la afirmación de sí mismo contra Dios. Su Hijo no podía tomar carne humana sino de una mujer que no tuviera relación alguna con el pecado. Por eso, la Iglesia confiesa que su madre María es inmaculada desde su concepción, inmune del pecado original y de todo pecado. Cuando el ángel Gabriel le anuncia que ella concebirá en su seno y dará a luz un Hijo, por la acción del Espíritu Santo, Lucas la presenta como «una virgen esposa de un hombre llamado José de la casa de David». El ángel le aclara que José, por ser su esposo, aunque no engendra al Niño, será su padre en este mundo, porque, por vía de él, «el Señor Dios le dará (al Niño que ha de nacer) el trono de David, su padre… y su Reino no tendrá fin». El Niño nacido de María, es Hijo de Dios y coeterno con Él e hijo de David, desde su encarnación en el seno de su madre. Así se cumple la promesa hecha por Dios a David y repetida por los profetas: «Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá  de tus entrañas… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente» (2Sam 7,12.16).

Pero se cumple también otra cosa esencial para la condición de verdadero hombre del Niño que ha de nacer. Él es parte de la humanidad, es parte del pueblo de Israel y es parte también de una familia. El Hijo de Dios nació en este mundo dentro de una familia, enseñandonos, de esta manera, que todo ser humano debe venir al mundo dentro de una familia, debe ser amado y educado como parte de esa «comunidad de vida y amor, fundada sobre el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer» de los cuales ha nacido.

A nadie se oculta el hecho de que la familia sufre una grave crisis en nuestro tiempo y que la disolución de la familia es la causa de los graves males que sufre la sociedad actual. Para recordar a todos la necesidad de la familia en el desarrollo armónico de la persona, la Iglesia ha instituido la Solemnidad de la Sagrada Familia y la ubicado en el domingo siguiente a la celebración del nacimiento del Hijo de Dios en este mundo para acentuar el hecho de que Él fue parte de una familia, la familia de Jesús, María y José.

El Evangelio de este domingo nos relata el episodio de la presentación del Niño Jesús en el templo, cuarenta días después de su nacimiento. El sujeto de tercera persona plural de los verbos –«ellos»– está en lugar de «su padre y su madre»: «Llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor… cuando los padres introdujeron el Niño Jesús en el templo… Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él… Simeón los bendijo… Cuando cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret».

Simeón, el anciano a quien Dios había prometido que no vería la muerte antes de ver la Salvación de Dios, movido por el Espíritu Santo fue al templo y al ver al Niño llevado por sus padres, comprendió que esa Salvación de Dios era ese Niño y exclamó: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu Salvación». Declarar que ese Niño es la Salvación, «luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel», es fuente de gozo para sus padres. Y, sin embargo, Simeón agrega, dirigiendose a su madre: «A ti una espada te traspasará el alma». Es el misterio de la maternidad. El sufrimiento de los hijos es el dolor de las madres. Cuando ese sufrimiento se origina por el cumplimiento de la voluntad de Dios, es causa de gozo, tanto para el hijo como para los padres. Tal vez, nunca más que en este caso se cumple la promesa de Jesús: «Ustedes estarán tristes, pero la tristeza de ustedes se convertirá en gozo» (Jn 16,20). Es un gozo que bien conocen los que cumplen la voluntad de Dios en este mundo y los padres que apoyan a sus hijos en el seguimiento del camino que Dios les ha trazado. Como vemos en el Evangelio de este domingo, José fue ejemplo para su hijo en el cumplimiento de la Ley de Dios y su madre estaba junto a Él hasta su muerte en la cruz. Si Él tenía la misión de ofrecerse al Padre en sacrificio por la salvación del mundo, ella, por su parte, ofrecía a su Hijo con el mismo fin. ¡Verdaderamente, una espada atravesó su alma! Pero, siendo la voluntad de Dios, se transformó para ella en gozo; un gozo que conoció Jesús, lo conoció su madre y lo conocen todos los que cumplen la voluntad de Dios. Un gozo que prometió Jesús a sus discípulos: «Les he dicho estas cosas para que mi gozo esté en ustedes y el gozo de ustedes sea colmado» (Jn 15,11).

                                                                              + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                       Obispo de Santa María de los Ángeles

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