Domingo de la Epifanía del Señor – 03 de enero de 2021

Mt 2,1-12 – Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos.

La Solemnidad de la Epifanía, cuyo día propio es el 6 de enero, en muchos países se traslada al primer domingo después del 1 de enero. Es el caso de nuestro país que celebra esa fiesta hoy. Dos son los episodios de manifestación –de epifanía– del Hijo de Dios, nacido en la tierra como verdadero hombre, que nos refiere el Evangelio, en Lucas y Mateo respectivamente. Dios no podía dejar un evento de esa magnitud completamente desconocido.

En el Evangelio de Lucas leemos que el ángel del Señor se apareció a unos pastores, que velaban sus rebaños en los campos de Belén, y les dijo: «Les anuncio (lit. les evangelizo) una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: “Hoy ha nacido para ustedes, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo, el Señor”». Esos humildes pastores fueron los primeros a quienes se reveló ese nacimiento y la identidad del recién nacido. La ciudad de David es Belén y allá fueron ellos y «encontraron a María y a José y al Niño acostado en un pesebre. Viendolo, dieron a conocer la palabra dicha a ellos acerca de ese Niño. Y todos los que escuchaban se admiraban de lo dicho a ellos por los pastores» (Lc 2,10-11.16-18).

Pero el episodio que ha prevalecido como epifanía del Hijo de Dios nacido en Belén es el que nos transmite Mateo, que se lee en esta fiesta todos los años. En el primer capítulo de su Evangelio Mateo explica que el Niño concebido en las entrañas de su Madre María por obra del Espíritu Santo, llegó a ser «hijo de David», según las promesas referentes el Cristo (el Ungido), porque Dios encomendó a José «el hijo de David» la misión de ser su padre. El capítulo concluye dejando eso establecido: «Ella (María) dio a luz un hijo y él (José) le puso por nombre Jesús» (Mt 1,25). Mateo da por sabido que, si ese Niño –Jesús– es hijo de David, su lugar de nacimiento es Belén, la ciudad de David, y así comienza su segundo capítulo: «Nacido Jesús en Belén de Judea…».

Además de esa circunstancia de lugar, el evangelista agrega a ese nacimiento una circunstancia histórica: «En tiempo del rey Herodes». Pero la frase principal es esta: «Unos magos venidos de Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”». No nos dice el Evangelio cuántos eran esos exóticos personajes –la palabra “magos” designa a los adivinos de la corte de Babilonia (Dan 1,20; 2,2.27)– ni cómo era su comitiva. Pero lograron impactar no sólo a Herodes sino a toda la ciudad: «Cuando lo escuchó Herodes, se sobresaltó y con él toda la ciudad». Dios manifestó a esos hombres, por medio de una estrella aparecida en el cielo, que en Judea había nacido un Rey. Herodes, inmediatamente, captó la idea: el que ha nacido es el Cristo (el Ungido), quien, según la promesa hecha a David, debía heredar el trono de David y reinar para siempre. Por eso, para responder a los magos, reúne a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo y les pregunta directamente «dónde debía nacer el Cristo». Ellos, basandose en los profetas le dicen: «En Belén de Judea, pues así está escrito por el profeta…».

Herodes respondió a los magos su pregunta. Pero quiso saber con exactitud el momento de la aparición de la estrella: «Llamó en secreto a los magos obtuvo de ellos con precisión el tiempo de la aparición de la estrella». La palabra «aparición» es una forma del verbo griego: «faino», que suena en la palabra, procedente del griego: «epi-fanía». La estrella que manifestó al Hijo de Dios da el nombre a esta fiesta. El lector no entiende por ahora esa preocupación de Herodes por el tiempo. La entenderá más adelante. El rey envió a los magos a Belén con un encargo: «Vayan e indaguen cuidadosamente sobre ese Niño; y cuando lo encuentren, comuniquenmelo, para ir también yo a adorarlo».

Los magos llegaron hasta donde estaba Jesús por dos medios: uno provisto por el prodigio de la estrella que vieron en el cielo y otro, más preciso, provisto por la Palabra de Dios comunicada por medio de los profetas. Después de tomar el camino de Belén reapareció la estrella, para iluminar el lugar donde estaba el Niño: «Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño». La estrella cumplió su objetivo de manifestar a ese Niño.

Por su actitud y por los dones que traen al Niño manifestado por la estrella, los magos demuestran conocer su identidad: «Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrandose, lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra». El hecho de que tres sean los dones es el responsable de que siempre se haya hablado de tres magos. Ellos se postran para adorar al Niño, reconociendo su condición divina. La tradición ha interpretado siempre los dones como correspondientes a la identidad de ese Niño: el oro se ofrece a quien tiene la condición de rey (es la que ha sobresalido hasta ahora en el relato); el incienso a quien tiene la condición de Dios; la mirra es el ungüento para quien ha de morir. Esas tres cosas identifican a este Niño.

La conclusión del relato deja en evidencia la intención criminal de Herodes, que ha sido uno de los reyes más sanguinarios que conoce la historia: «Avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, los magos se retiraron a su país por otro camino». Sabemos que, burlado Herodes por los magos, no teniendo otro modo de cumplir su designio de matar el Niño, mandó matar a todos los niños de Belén y sus alrededores menores que dos años. De aquí su interés por precisar el tiempo de la aparición de la estrella.

Habitualmente, se dice que el Evangelio de Mateo está dirigido a los judíos y por eso es el más sensible a las tradiciones judías. Y es así. Pero esto no le quita el hecho de ser también el más universalista. De hecho, todo el Evangelio de Mateo está enmarcado entre dos relatos que son tal vez los más universalistas: comienza con la manifestación de Cristo a unos personajes de tierras muy lejanas a Israel –se suele representar uno con caracteres occidentales, otro con caracteres africanos y el otro con caracteres asiáticos– y concluye con el mandato universal: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). Jesús reveló al mundo que Él era el único Salvador: «Yo soy el camino… Nadie va al Padre, sino por mí» (Jn 14,6). Por eso, el apostolado es una nota esencial del cristianismo. El medidor de la vitalidad cristiana de una comunidad es el apostolado.

                                                                           + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                     Obispo de Santa María de los Ángeles

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