Comentario al Evangelio del domingo 25 de abril de 2021 – IV de Pascua

Jn 10,11-18 – Señor, danos pastores santos

«Yo soy el buen pastor». Con esta declaración de Jesús, repetida más adelante, comienza el Evangelio de este Domingo IV de Pascua, conocido, por este motivo, como Domingo del Buen Pastor. En efecto, en los tres ciclos de lecturas se leen partes de este capítulo X de San Juan, donde Jesús desarrolla esta metáfora.

La expresión es claramente una metáfora, porque Jesús, en realidad, no era un pastor. Su oficio era el de carpintero, como leemos en el Evangelio, en la forma de una pregunta, que es más bien una afirmación de los de su pueblo sobre Él: «¿No es este el carpintero, el hijo de María?» (Mc 6,3). Ambas cosas son verdad; es el carpintero y es el hijo de María. Por otro lado, Jesús no dice: «Yo soy un pastor»; tampoco: «Un buen pastor». Él se declara único: «Yo soy el Buen Pastor».

La metáfora no era nueva. Tenía un largo recorrido en Israel, que en su historia fue preferentemente un pueblo de pastores. Así responden Jacob y sus hijos a la pregunta del faraón sobre su oficio, cuando tuvieron que emigrar a Egipto a causa de una hambruna en tierra de Canaán: «Pastores de ovejas son tus siervos, lo mismo que nuestros padres» (Gen 47,3). Más adelante, cuando el pueblo fue liberado de la esclavitud de Egipto, Moisés, a la vista de la tierra prometida, a la cual él no entraría, hizo esta petición a Dios: «Que el Señor… ponga un hombre al frente de esta comunidad, uno que salga y entre delante de ellos y que los haga salir y entrar, para que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor» (Num 27,16-17). Cuando el pueblo pidió un rey que los gobernara, el título de pastor se aplicó al rey, sobre todo, cuando ellos fallaban en su misión de velar por el bien del pueblo, como dice el profeta Miqueas a los reyes de ambas partes en que se había dividido el pueblo de Israel, Ajab y Josafat: «He visto todo Israel disperso por los montes como ovejas sin pastor» (1Reg 22,17). ¡Estaban lejos esos reyes de ser buenos pastores! Una excepción reconoce el pueblo: «El Señor eligió a David, su siervo, lo sacó de los apriscos del rebaño, lo trajo de detrás de las ovejas, para pastorear a su pueblo Jacob, y a Israel, su heredad. Él los pastoreaba con corazón perfecto, y con mano diestra los guiaba» (Sal 78,70-72).

La metáfora alcanza su expresión máxima cuando se aplica al mismo Dios: «Pastor de Israel, escucha, Tú que guías a José como a un rebaño» (Sal 80,2), y no sólo en relación a todo el pueblo, sino también a cada fiel en particular: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 23,1ss). Sólo el Señor (YHWH) merece ser llamado «el Buen Pastor», como sigue diciendo el fiel: «Por prados de fresca hierba me apacienta, hacia las aguas de reposo me conduce y conforta mi alma».

Los que escuchaban a Jesús conocían bien toda la historia de esta metáfora y, sobre todo, la conocía Jesús. Por eso, con su declaración: «Yo soy el Buen Pastor», Jesús se está identificando, no sólo con David, sino también con Dios. Como hombre verdadero es el hijo de David; como Dios verdadero es el Hijo de Dios, uno con el Padre.

Dos rasgos esenciales indica Jesús como propias del Buen Pastor. La primera es esta: «El Buen Pastor da su vida por las ovejas». Jesús acababa de declarar: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Pero entre ambos textos, que están a continuación, se usa un concepto de vida diverso. La «vida» que Él ha venido a darnos en abundancia se designa con el término griego «zoé» y designa la vida plena en su dimensión eterna, la vida divina, que Él posee y que nos concede compartir. Es la vida a la cual se refiere, cuando dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida (zoé) eterna» (Jn 6,54). En cambio, en la expresión: «Da su vida por las ovejas», usa el término griego «psyché», que significa la entrega de sí mismo en su dimensión humana, como sacrificio de expiación. En efecto, la expresión: «Por las ovejas» es una expresión sacrificial, como la que usamos en la Eucaristía: «Esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes».

Jesús repite: «Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí». Este es el segundo rasgo esencial del Buen Pastor. No se trata de un conocimiento natural, como el que nosotros tenemos de otra persona. Es un conocimiento recíproco, que consiste en conocimiento y amor, que impulsa también a una entrega recíproca de la vida. Recordamos que, cuando Jesús resucitado invistió a Pedro con la misión de pastor diciendole tres veces: «Pastorea mis ovejas», lo hizo después de una triple declaración de su amor a Él. Pedro había dicho: «No conozco a ese hombre» (Mc 14,71) y, a pesar de su confesión: «Yo daré mi vida por ti» (Jn 13,37), lo había negado. Para poder ser pastor de las ovejas de Cristo fue necesario que confesara su amor a Él y su disposición a entregar su vida por Él, cosa que Pedro ciertamente hizo. Esta debe ser la disposición de todo pastor en el pueblo de Dios.

El conocimiento que tiene el Buen Pastor de las ovejas lo define Jesús con una comparación suprema: «Como me conoce el Padre y Yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas». Repitiendo, ahora en primera persona: «Doy mi vida por las ovejas», Jesús demuestra que el conocimiento del que habla es el amor: «Como me ama el Padre y Yo amo a mi Padre». San Pablo comprendió esta comparación en toda su profundidad, hasta exclamar: «El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20).

Este amor no se reduce a Israel, sino que se extiende a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos: «Tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor». La misión de Jesús todavía se está cumpliendo en el mundo y no cesará hasta que se cumpla esta Palabra suya: «Habrá un solo rebaño y un solo Pastor».

Jesús cumplió su misión. Él se entregó en sacrificio y nos obtuvo la salvación. Es necesario que otros reciban la misión de pastores y prolonguen su misión a toda la humanidad. Atendiendo a este anhelo y mandato de Jesús, la Iglesia ha dedicado este Domingo del Buen Pastor a orar por las vocaciones, sobre todo, las vocaciones al sacerdocio, la vocación a ser pastores del pueblo de Dios, y hoy es la Jornada N. 58 de Oración por las Vocaciones. Oremos, por tanto: «Señor, danos pastores, danos pastores santos».

                                                                         + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                    Obispo de Santa María de los Ángeles

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