Comentario al Evangelio del domingo 30 de mayo de 2021 – Solemnidad de la Santísima Trinidad

Mt 28,16-20 – ¡Oh Trinidad, luz bienaventurada; y principal Unidad!

Conocemos varias realidades que son una tríada, es decir, tres elementos inseparables. El espacio es tridimensional: largo, ancho, alto; el tiempo es una sucesión de pasado, presente y futuro; los objetos materiales: animal, vegetal, mineral; las facultades espirituales del ser humano: inteligencia, voluntad, memoria; los poderes del Estado: ejecutivo, legislativo, judicial. Pero la más sublime de todas es Dios mismo –Padre, Hijo y Espíritu Santo– que, por este motivo, se llama Santísima Trinidad. Las otras tríadas que hemos mencionado y otras que puedan agregarse podemos conocerlas con nuestra inteligencia. En cambio, la Santísima Trinidad es un misterio absolutamente inalcanzable para la inteligencia humana. Para que el ser humano pueda conocerlo es necesario que Dios mismo se lo revele, como lo afirma el Catecismo: «La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los “misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto”» (N. 237).

Dios, en su realidad íntima de Padre, Hijo y Espíritu Santo, no puede ser conocido por el ser humano, si no le es dado de lo alto. Y, sin embargo, el ser humano ha sido creado con un anhelo profundo, ínsito en él, de conocer a Dios y de unirse a Él. Ese anhelo se manifiesta en todas las generaciones de seres humanos, desde los más primitivos, hasta hoy. Es cierto que hoy es más difícil percibirlo, dado el constante ruido que nos rodea y las distracciones materiales a que estamos sometidos; pero basta que un hombre o una mujer prueben la soledad y el silencio para que emerja con fuerza ese anhelo de Dios. Siempre está allí, aunque esté sofocado por el materialismo que nos envuelve. La oración de Israel, expresada en los Salmos, es una búsqueda incesante de Dios: «Muchos dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha?”. ¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!… ¿Hasta cuándo, Señor, me olvidarás? ¿Por siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?… Dice de Ti mi corazón: “Busca su rostro”. Sí, Señor, tu rostro busco: No me ocultes tu rostro… No me rechaces lejos de tu rostro, no retires de mí tu santo espíritu…» (Sal 5,7; 9,2; 27,8-9; 51,13). La lista podría alargarse mucho. Todo esto lo resume magistralmente San Agustín, expresando una experiencia propia y universal: «Nos creaste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en Ti» (Conf.I,1,1).

Este anhelo de Dios constituye una demostración de la existencia de Dios. No se incluye entre las cinco pruebas clásicas de la existencia de Dios; pero tiene más fuerza para quien lo experimenta. En efecto, si Dios es la bondad infinita, no pudo haber creado al ser humano para la frustración eterna, con un deseo profundo cuyo objeto no existe. ¡El anhelo de Dios que tiene en sí el ser humano es colmado por Dios! Dios se reveló a sí mismo al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, por medio de Moisés y los profetas, como leemos en uno de los discursos que dirige Moisés al pueblo: «Reconoce hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tie­rra; no hay otro» (Deut 4,39).

Pero ni siquiera en el Antiguo Testamento fue revelado a los hombres el misterio de la Santísima Trinidad. Este misterio fue revelado por Jesucristo, y lo hizo revelandose a sí mismo como el Hijo de Dios, en todo igual al Padre, y revelando al Espíritu Santo, como el que lleva al conocimiento pleno de Dios, porque Él «sondea las profundidades de Dios… y conoce lo íntimo de Dios» (1Cor 2,10.11). Un punto culminante de esa revelación del admirable misterio del Dios Uno y Trino lo tenemos en el Evangelio de este Domingo de la Santísima Trinidad.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra». ¿Quién puede presumir de tener todo poder, no sólo en la tierra, sino también en el cielo, sino sólo Dios? Pero estas palabras las dijo Jesús resucitado a sus discípulos instantes antes de ascender al cielo. Es una afirmación de su divinidad. Pero, afirma que ese poder total «le ha sido dado» y, por tanto, tiene su origen en otro, que tiene que ser, también Él, Dios. Este otro es el Padre. Lo entendemos así, porque en otra ocasión lo ha dicho Jesús expresamente: «Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar» (Mt 11,27). El Amor de Dios no puede ser sino Dios mismo, pues nada hay en Dios distinto de Él mismo. De ese Amor afirma San Pablo que nosotros participamos, cuando lo identifica con el Espíritu de Dios: «El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). El Espíritu Santo es ese mismo y único Dios que es el Padre y también el Hijo. Somos estrictamente monoteístas y confesamos un solo Dios, que es una Trinidad de Personas, de manera que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son cada uno ese mismo y único Dios.

Jesús expresa de manera explícita el misterio del Dios Uno y Trino, cuando envía a sus discípulos a hacer discípulos de todos los pueblos, vinculandolos a la Trinidad por medio del signo eficaz –gesto del baño y Palabra– que nos hace partícipes de ese misterio en el Hijo, que se hizo uno de nosotros: «Hagan discípulos míos… bautizandolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». En la tradición del Antiguo Testamento el Nombre designa el Dios único; pero este Dios, en la unidad de la sustancia divina, son tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En este Nombre hemos sido bautizados nosotros para tener comunión con las tres Personas divinas.

Esta es una comunión que muchos bautizados aún no conocen; pero que nos llenará de pleno gozo por toda la eternidad, comenzando ya en esta tierra. Así lo asegura Jesús con una nueva afirmación de su divinidad: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos». La presencia viva a cada ser humano «todos los días» no puede afirmarse de nadie más que Dios. Jesús la afirma de sí mismo. Por eso, a Él lo confesamos como verdadero Dios y verdadero hombre.

Concluyamos con la invocación que a tantos santos admiraba y que cada tarde repetían: «¡Oh Trinidad, luz bienaventurada, y principal Unidad! Ya el sol ígneo se retira; infunde el Amor en los corazones».

                                                                       + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                 Obispo de Santa María de los Ángeles

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