(43) 252 1500

LLÁMANOS

Comentario al Evangelio del domingo 04 de julio de 2021 – XIV del Tiempo Ordinario

Compartir en:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp

Mc 6,1-6 – Este es el Hijo de María

El domingo pasado habíamos dejado a Jesús en Cafarnaúm, a la orilla del Mar de Galilea, donde había resucitado a la hija de un jefe de la sinagoga, llamado Jairo. El Evangelio de este Domingo XIV del tiempo ordinario comienza situando el episodio siguiente: «Salió de allí y vino a su propio pueblo y sus discípulos lo seguían».

El evangelista no nos dice cuál es ese pueblo, porque lo da por sabido. En efecto, lo dice en la primera presentación de Jesús: «Sucedió que por aquellos días vino Jesús, desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9). En adelante será conocido como «Jesús de Nazaret», porque este era el pueblo de su madre María y el pueblo donde Él se crió. Pero su nombre propio debió ser «Jesús de Belén», porque allí nació, según su condición de Hijo de David. Bien sabía esto el ciego de Jericó; cuando lo informaron de que pasaba «Jesús de Nazaret», él, como corrigiendo ese apelativo, se puso a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47-48).

Poco sabemos de la vida de Jesús en Nazaret. Por eso, suele hablarse de su «vida oculta». Lucas nos da una preciosa información, cuando refiere este regreso de Jesús a su pueblo: «Según su costumbre el día Sábado, entró en la sinagoga…» (Lc 4,16). Jesús santificaba fielmente el Sábado participando de la Liturgia de la Palabra que se desarrollaba en la sinagoga de su pueblo. Él, que es la Palabra de Dios, escuchaba pacientemente los comentarios hechos por los escribas en esa sinagoga, sin hacerse notar, hasta el punto de ser poco conocido.

Pero esta vez, después de haber comenzado su ministerio público y haber enseñado en las sinagogas de los otros pueblos de la Galilea, de haber expulsado demonios y sanado enfermos, incluso haber resucitado a la hija de Jairo, no podía permanecer anónimo: «Cuando llegó el Sábado empezó a enseñar en la sinagoga». Ver a Jesús en la actitud del maestro y escucharlo hablar con la autoridad del que es nueva instancia de Palabra de Dios dejó asombrados a los presentes, que preguntaban incrédulos: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es esta, que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?». ¡No saben lo que preguntan! Jesús es la Sabiduría, como lo define bien San Pablo: «Nosotros predicamos un Cristo, que es Fuerza de Dios y Sabiduría de Dios» (1Cor 1,24).

Pero el relato se detiene más bien en la siguiente pregunta: «¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Es la primera y única mención de María en el Evangelio de Marcos. Ella no es mencionada por sí misma, sino por su relación con Jesús, llamado «hijo de María». Pero esa única mención basta, porque toda su grandeza está en haber sido elegida por Dios para ser ¡Madre de tal Hijo!

Desgraciadamente, ese texto es usado por nuestros hermanos evangélicos como prueba de que María, después de haber concebido y dado a luz a su Hijo divino por obra del Espíritu Santo, luego habría tenido otros hijos e hijas, que serían esos hermanos y hermanas de Jesús. En realidad, el texto dice todo lo contrario. En primer lugar, Jesús resulta no ser del mismo grupo que los otros, porque mientras los otros son bien conocidos por su nombre –Santiago, Joset, Judas y Simón–, de Jesús desconocen el nombre y conocen sólo su profesión. Si fuera del mismo grupo que los otros, la pregunta debió ser: «¿No es éste Jesús?». Por otro lado, el mismo hecho de calificar a aquellos como «hermanos y hermanas» es, precisamente, la prueba de que no son lo que nosotros entendemos por «hermano». A los que nosotros llamamos «hermanos», los judíos del tiempo de Jesús los llaman «hijos de mi madre» (cf. Sal 69,9: Cant 1,6). Si se hubieran referido a hermanos carnales, la pregunta, sobre todo en ese contexto, debió ser: «¿No están entre nosotros los hijos de su madre?». El término «hermanos», en tiempos de Jesús designaba cualquier relación de parentesco, de amistad, de grupo. Jesús resucitado usa ese lenguaje, cuando envía a María Magdalena, diciendole: «Anda donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20,17). Los ejemplos que se podrían citar son muchos.

El evangelista quiere destacar otra cosa: «Se escandalizaban a causa de Él». Encontraban un obstáculo insalvable para aceptar su enseñanza. Ese obstáculo es su humildad. Es el mismo que Jesús tuvo que remover de delante de Juan Bautista: «Bienaventurado el que no se escandalice de mí» (Mt 11,6). No pueden aceptar que uno, considerado tan modesto, pueda enseñarles algo. Esto suscita la sentencia de Jesús: «Un profeta no es desestimado, sino en su patria, entre sus parientes y en su casa». La sentencia general es que un profeta no es desestimado, es decir, que siempre goza de estima, y así era en tiempos de Jesús. Pero hay una excepción a esa norma: no goza de estima en su propio ambiente. ¿Por qué? Porque está operando la envidia, que pone un obstáculo. La sentencia de Jesús, entonces, es un llamado a cuidarnos de la envidia, porque puede impedirnos ver la verdad.

Si hemos visto a Jesús admirarse de la fe de la mujer que sufría flujo de sangre, diciendole: «Hija, tu fe te ha salvado», si lo vemos confiar en la fe de Jairo: «No temas, solamente cree», y concederles lo que deseaban, desgraciadamente, también lo vemos lamentar la falta de fe: «Se admiraba de la falta de fe de ellos». Y su efecto: «No podía hacer allí ningún milagro». Los milagros no son obras que Jesús hace para que la gente crea; al contrario, si no creen, «aunque resucite un muerto no se convertirán» (Lc 16,31). Los milagros son concedidos a quien cree, según su promesa: «Todo lo que pidan con fe en la oración lo conseguirán» (Mt 21,22). En ese pueblo de Nazaret, de todas maneras, su bondad prevaleció: «Sanó a unos pocos enfermos, imponiendoles las manos». El Evangelio de hoy entonces es un llamado a orar siempre diciendo: «Señor, aumentanos la fe» (Lc 17,5). Necesitamos su misericordiosa intervención para que nos salve de la pandemia y también para que disipe las tinieblas del error, que parecen envolvernos, con el esplendor de la Verdad que es Él.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

Compartir en:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp