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LLÁMANOS

Hagan discípulos de todos los pueblos

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La Solemnidad de la Epifanía, que celebra la Iglesia este domingo, recibe ese nombre del relato evangélico asociado a esta fiesta desde siempre, a saber, la venida de los magos de oriente, que llegan a Jerusalén en busca del Niño Jesús, guiados por una estrella. Después de escuchar a los magos, Herodes se informa sobre el tiempo de la «aparecida estrella». El evangelista usa el verbo griego «faino», el mismo que usa Juan en el Prólogo de su Evangelio, para referirse a la Palabra de Dios hecha carne: «La luz brilla (fainei) en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5). Esa luz, que ya estaba en el mundo, en la forma de un niño desconocido, no podía quedar vencida por las tinieblas; tenía que brillar y manifestarse, aunque haya sido a esos hombres venidos de tan lejos. La «epifanía» es, entonces, la primera manifestación de Jesús después de su nacimiento.

Según la ciencia bíblica, Lucas no conoció el Evangelio de Mateo. Pero, si lo hubiera conocido, lo habría puesto junto a San Pablo y al judío Apolo. Sobre San Pablo, Lucas dice: «Pablo, según su costumbre… basandose en las Escrituras… demostraba que “el Cristo es Jesús, a quien yo les anuncio”» (cf. Hech 17,2-3). Y respecto de Apolo, a quien presenta como «hombre elocuente, que dominaba las Escrituras», dice: «Refutaba vigorosamente en público a los judíos, demostrando por las Escrituras que el Cristo era Jesús» (Hech 18,24.28). Esto es lo que hace Mateo con todo su Evangelio. Lo hace también en este relato de la venida de los magos.

Comienza destacando una circunstancia necesaria, que no ha dicho hasta ahora, a saber, el lugar donde nació Jesús: «Nacido Jesús en Belén de Judea». Y en el mismo relato «los escribas del pueblo» confirman el lugar donde tiene que nacer el Cristo: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta». Ellos saben citar la Escritura y tienen razón en afirmar que el Cristo tiene que nacer en Belén. Pero no creen que eso haya ocurrido y no le dan más importancia al asunto. Es porque no son tan conocedores de la Escritura y no saben que en otro lugar se anunciaba para el futuro la aparición de una estrella que anuncia a quien poseerá el cetro real en Israel. Es un oráculo pronunciado por Balaam, a quien Dios le manda lo que tiene que decir, a la vista del pueblo de Israel: «Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (Num 24,17). En cambio, Herodes, al oír que los magos buscan al «Rey de los judíos, que ha nacido», se inquieta y concibe inmediatamente el propósito de eliminarlo, porque ese título pertenece a él. Comienza, por tanto, una lucha entre la luz y las tinieblas. Pero «las tinieblas no la vencerán».

Herodes, entonces, se informa sobre el tiempo de la aparición de la estrella. Ese tiempo fue de dos años, porque ese es el límite superior de edad de los niños que mandó matar Herodes en Belén y los alrededores, para cerciorarse de eliminar al «Rey de los judíos que ha nacido». Pero, no habría sido necesaria esa matanza, si hubiera tenido éxito el otro plan que concibió, a saber, ir directamente él mismo donde ese niño. Por eso dice a los magos: «Vayan e indaguen cuidadosamente sobre ese Niño; y, cuando lo hayan encontrado, comuniquenmelo, para ir también yo a adorarlo».

Con los datos obtenidos, los magos se pusieron en camino hacia Belén, que dista poco de Jerusalén, aprox. 8 km. Pero permanecía el problema de encontrar allí a quien buscan. La Escritura les ha dado un dato fundamental: Belén es el lugar. Es lo que quiere enseñarnos San Mateo, como hacían Pablo y Apolo: la Escritura encuentra su cumplimiento en Jesús, como lo declara después Él mismo: «He venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas» (cf. Mt 5,17). Para encontrar el lugar preciso, viene de nuevo en ayuda de ellos la estrella: «La estrella que habían visto en el Oriente iba  delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño». Muchos han hecho todo tipo de esfuerzos para explicar la acción de esa misteriosa estrella. No debemos pensar que se trate de un problema de astronomía, porque todas las estrellas son inmensamente más grandes que la tierra, que es solo un punto en el espacio, y no hay posibilidad de que indique un pueblo preciso como Belén y un lugar preciso dentro de ese pueblo. Se trata de una luz por medio de la cual Dios los guiaba hasta el Niño que buscaban. Es como la luz que, según San Juan de la Cruz, guía al alma a la unión con Dios: «…sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía… Aquesta me guiaba más cierto que la luz del mediodía, adonde me esperaba, quien yo bien me sabía…» (Poema «Noche oscura»).

Llegaron a la meta largamente anhelada, que es presentada así: «Vieron al Niño con María, su madre». No se menciona San José, porque él, a pesar de ser el padre de ese Niño en este mundo, no tiene la misma relación con Él que tiene su Madre, de la cual tomó su carne humana. También San Pablo, en la primera mención de una mujer en este misterio lo expresa así: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). Jesús en brazos de su Madre es la plenitud del misterio de la encarnación. Es lo que comprendieron esos magos; buscaban a un Niño nacido y encuentran a un Niño con su Madre. Entonces, porque comprendieron, «postrandose lo adoraron».

Suele decirse, en mérito de esos hombres, que ellos superaron la pobreza de la escena para hacer, no obstante todo, un acto de fe y adorar al Niño. Debemos decir, en cambio, que lo que vieron superó todas sus expectativas. Nunca ha habido una escena más gloriosa y más hermosa, en la que el Hijo de Dios, que es una Persona divina, está en los brazos de la Madre de Dios, que es inmaculada y, por tanto, no hay nadie que se le compare.

Lo que sí va en mérito de esos hombres son los regalos que ofrecen a ese Niño. La tradición deduce que son tres magos, porque son tres los regalos: oro, porque lo reconocen como rey, «Rey de los judíos», título que se da a Cristo, solamente en la cruz donde pareciera menos evidente: «Jesucristo, el Rey de los judíos». Tampoco nosotros tenemos fe, a pesar de la cruz, sino en virtud de la cruz; incienso, porque lo reconocen como Dios, el único a quien se debe quemar incienso; mirra, que es el ungüento con que se embalsama a un muerto, porque lo reconocen como verdadero hombre y, como tal, sujeto a la muerte, a la cual, sin embargo, vencerá.

Cumplido el objetivo, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes −después de lo visto, volver donde Herodes habría sido como bajar del cielo al infierno−, «volvieron a su país por otro camino». Van felices.

Este episodio nos revela que la salvación se abre a todos los pueblos, representados por esos magos venidos de lejos. Esta enseñanza se repite en la conclusión del Evangelio de Mateo, dejando incluido todo el Evangelio en esa verdad: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19).

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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