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LLÁMANOS

He aquí la esclava del Señor

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El Domingo IV de Adviento tiene lugar este año lo más tarde posible, a saber, el último día del Adviento, el día antes de la Navidad. La protagonista indiscutida del Evangelio de hoy es la mujer de quien nació el Hijo eterno de Dios, Dios mismo, hecho hombre.

En la historia de Israel Dios salvó a su pueblo muchas veces, por medio de hombres, y también de mujeres, elegidos por Él para esta misión. En el libro de los Jueces esto se transforma en un esquema fijo de la historia: «Cuando el Señor les suscitaba jueces, el Señor estaba con el juez y los salvaba de la mano de sus enemigos mientras vivía el juez, porque el Señor se conmovía de los gemidos que proferían ante los que los maltrataban y oprimían. Pero cuando moría el juez, volvían a corromperse más todavía que sus padres, yendose tras de otros dioses…» (Jue 2,18-19). Entonces, nuevamente caían en manos de sus enemigos y se repetía el esquema. También los salvó por medio de una mujer: «En aquel tiempo, Débora, una profetisa, mujer de Lappidot, era juez en Israel» (Jue 4,4).

Hasta que el pueblo pidió a Dios un rey, que los salvara de modo más estable, también por medio de sus descendientes, y Dios les dio a David. Y a éste juró, por medio del profeta Natán: «Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas jefe de mi pueblo Israel… He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos… mi pueblo Israel no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiendolo como antes, en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel… Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente» (2Sam 7,8.9.10.11,12,16).
Salvo muy pocas excepciones, los reyes en Israel fueron infieles al Señor y no estuvieron a la altura de su misión. Es constante la evaluación sobre ellos: «Hizo el mal a los ojos del Señor, como hicieron sus padres…» (1Re 15,26.34; 16,25.30; 22,53 2Re 13,2,11; 14,24; 15,9, etc.). Los profetas comprendieron que el salvador no sería un rey de este mundo y empezaron a anunciar la venida de Dios mismo, en persona: «¡Ánimo, no teman! Miren que el Dios de ustedes viene vengador; es la recompensa de Dios, Él vendrá y los salvará… Ahí viene el Señor Dios con poder, y su brazo lo sojuzga todo… Como pastor pastorea su rebaño…» (Is 35,4; 40,10-11). Pero ningún profeta imaginó cómo sería esa venida. Esto es lo que nos dice el Evangelio de hoy: Dios vino en persona haciendose hombre y naciendo de una mujer.
Dios vino en persona, pero, para hacerlo, quiso someter su designio de salvación a la aceptación libre de una mujer de la cual iba a nacer como verdadero hombre, sin dejar de ser en todo momento verdadero Dios. «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). Esa mujer había sido elegida, desde antes de la creación del mundo, para la sublime misión de ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre: «Dios nos eligió… desde antes de la creación del mundo para que fuesemos santos e inmaculados en su presencia por el amor» (Ef 1,4). Así la eligió a ella y ¡ella cumplió ese designio divino!
Esa mujer es presentada como destinataria de un mensaje divino: «Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen esposa un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María». La palabra griega «ánghelos» significa «mensajero». No puede venir, sino con un mensaje, un mensaje de Dios para esa virgen esposa. Le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; concebirás en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su Reino no tendrá fin». La virgen tuvo que comprender que se trataba del hijo que Dios había prometido a David, cuyo reino sería estable para siempre. En efecto, le dice que David es su padre. Pero también le dice que será llamado «Hijo del Altísimo».

Si David es el padre del Niño que dará a luz María, esto no puede ser sino por medio de José que, precisamente es presentado como esposo de María y de la casa de David. Pero, a pesar de esto y, sobre todo, de tratarse de un mensaje que viene de Dios, ella tiene claro que debe responder a otro llamado del mismo Dios, el llamado a la virginidad. ¿Qué hace ella en medio de esta contradicción de llamados, a la virginidad y a la maternidad, ambos del mismo Dios? Pregunta, para ser instruida por Dios: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». Esta es la expresión de su condición virginal, porque en Israel «conocer varón» es el modo de designar la unión sexual. ¿Por qué puede ser esto un obstáculo? Porque esta es una condición que ella tiene el propósito de mantener perpetuamente. Es claro que desde antes de este anuncio del ángel María es esposa de José y que desde antes es siempre virgen y tiene el propósito de permanecer siempre virgen. Es más, ella es la primera mujer en la Biblia que tiene este propósito y no habría podido cumplirlo, sino estando casada con un hombre que tenga el mismo llamado de Dios a la virginidad. Es el caso de José. En Israel, la virginidad era considerada oprobio, lo mismo que la esterilidad, y no estaba en mano de la mujer decidirlo. Era decisión de los padres, mientras vivía con ellos y del marido, una vez casada. Por eso, José que tiene el mismo llamado a la virginidad, tiene también la misión de ser el esposo de María y, de esta manera, el Hijo nacido de ella, sin intervención de varón, no tiene otro padre más que José. Es hijo de José y, por eso, Hijo de David.

El ángel conoce bien esa contradicción «virgen-madre» en que se encontraría María, que solo Dios puede resolver, y tiene la respuesta preparada: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer santo y será llamado Hijo de Dios». Están mencionadas en esta respuesta las tres Personas divinas: el Altísimo es el Padre, su Hijo es una segunda Persona divina y el Espíritu Santo, llamado también «Fuerza del Altísimo», es la tercera Persona divina. Uno de estas tres Personas es el que va a nacer de María como verdadero hombre. ¿Por qué no fue el Espíritu Santo el que se hizo hombre? Porque eso habría significado que los seres humanos estaríamos destinado a ser Espíritu y esto es contradictorio con nuestra condición de personas de carne y hueso. El que se hizo hombre es el Hijo, y en Él, que se hizo carne y hueso −«la Palabra se hizo carne» (Jn 1,14)−, los seres humanos estamos elevados a la condición de hijos de Dios, sin dejar de ser de carne y hueso. Lo recordabamos más arriba: «Dios envió a su Hijo nacido de mujer… para que nosotros recibieramos la filiación divina» (cf. Gal 4,4.5).

Hay una expresión, que a menudo las traducciones «corrigen», porque la consideran redundante (Así lo hace nuestro Leccionario). El ángel dice a María: «Concebirás en el seno…» y más adelante, refiriendose a Isabel dice: «Ha concebido…». No es un descuido, porque el evangelista repite la expresión más adelante: «Se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno» (Lc 2,21). Lucas es el escritor del Nuevo Testamento que más cuida su estilo; el griego es su lengua materna. Si insiste en esa expresión es por una razón precisa. La expresión que se usa en la generación humana en griego es el verbo: «syn-lambano», compuesto del verbo «lambano = recibir» y el prefijo «syn = con». Se traduce tal cual al castellano: «con-recibir», que queda reducido a «con-cebir», es decir, recibir entre dos. Es el caso de todos los seres humanos, excepto el caso de Jesús. El evangelista, que conoce bien el griego, está complicado con ese verbo, porque en este caso no aplica, en cuanto que es virginal. Por eso, agrega la cláusula «en el seno». Así quiere decir que ocurrió sin intervención externa alguna; es cerrado en el seno. El evangelista Mateo, de manera independiente, evita cuidadosamente el verbo «concebir» y dice sobre María: «Se encontró teniendo en el vientre por obra del Espíritu Santo», que suele traducirse: «Se encontró encinta» (Mt 1,18).

Este impactante relato de la anunciación, que nos revela el modo cómo ocurrió que Dios vino a salvarnos haciendose Él mismo −uno de la Trinidad− verdadero hombre, debe encender en nosotros una inmensa alegría. Nadie habría podido imaginar que el ser humano pudiera ser objeto de tal amor de parte de Dios y pudiera ser elevado a tal dignidad. Esto lleva al apóstol San Juan a exclamar: «Vean qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos “hijos de Dios”. En efecto, ¡lo somos!» (1Jn 3,1).

Debemos observar también el rol que tuvo la Virgen María en nuestra salvación. Dios quiso hacer depender la encarnación de su Hijo de la respuesta de María. Tenemos esa respuesta como modelo de toda respuesta al plan de Dios sobre cada uno de nosotros: «He aquí la esclava del Señor; hagase en mí según tu palabra». Como todo ser humano, también ella es esclava. Pero sabe muy bien de quién: «esclava del Señor». En esto consiste su plena libertad. El mundo, en cambio, como queda en evidencia precisamente en estos días, es esclavo del consumismo y concurre, con verdadero fervor a sus templos −los malls− y ha abandonado al verdadero Dios. No nos dejemos arrastrar y destinemos tiempo a contemplar el misterio de nuestra salvación, el misterio de Jesucristo nuestro Señor: «No se nos ha dado bajo el cielo otro Nombre por el cual podamos ser salvados» (Hech 4,12).

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