Los que vivamos seremos arrebatados al encuentro del Señor

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El domingo pasado concluíamos un año litúrgico con la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Este domingo es el primero de un nuevo año litúrgico, que se abre con el tiempo del Adviento. Celebramos, por tanto, el Domingo I de Adviento. El celebrante viste ornamento morado, para significar que estamos a la espera del Señor que viene, «adviene». Durante este año en la celebración eucarística dominical serán proclamadas las lecturas del ciclo B, que se caracteriza por tener como centro el Evangelio de Marcos.

En el breve Evangelio de este Domingo I de Adviento llama la atención la serie de verbos pronunciados por Jesús en modo imperativo presente, que en el griego original expresan una acción continuada: «miren… vigilen… velen (2 veces)», y la advertencia: «no sea que los encuentre dormidos». Se trata de la actitud que debemos tener en el tiempo de nuestra vida, dada la certeza de que el Señor vendrá, unida a la ignorancia respecto del momento en que será su venida.

«Miren, vigilen, pues no saben cuándo es el tiempo». Como dijimos, el hecho de su venida es cierto, es parte de nuestra fe cristiana, que profesamos en el Credo respecto del Hijo de Dios, Jesucristo: «Está sentado a la derecha del Padre; desde allí ha de venir…». El día de su Venida es el «último día». La Venida gloriosa de Cristo pondrá fin a la historia y a la sucesión del tiempo, tal como la conocemos ahora. Sabemos que el «tiempo» es imposible de definir, aunque todos tenemos experiencia de él y usamos de él continuamente; y, cuando lo hacemos, sabemos lo que significa. Su paso deja huella en todas las cosas y también en nosotros. Imposible imaginar lo que significa un «último día» y la cesación del tiempo. Lo declaró Jesús precisamente con referencia a la Eucaristía, que es el alimento que se nos da para este tiempo, como anticipo de la eternidad: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré el último día» (Jn 6,54). Para darnos este alimento, que tiene un efecto tan sorprendente y misterioso, es que el Hijo de Dios, que es eterno, se hizo temporal: «La Palabra −que era Dios− se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (cf. Jn 1,1.14) y declaró: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). La insistente exhortación de Jesús a velar es un llamado a participar todos los domingos de la Eucaristía.

«Velen, porque no saben cuándo es el tiempo». En la literatura bíblica hay dos conceptos que nosotros traducimos por «tiempo». Uno se expresa por el término «chronos» y sirve para ubicar los hechos en relación de sucesión unos con otros, y así se habla de «crónica». El concepto usado por Jesús es otro. Jesús usa el término «kairós», que designa el momento de un hecho trascendente. El kairós esencial es el nacimiento del Hijo de Dios, que divide la línea del tiempo y todo lo acontecido en ella en antes y después; es la entrada de la eternidad en el tiempo. Pero también tienen su «kairós» la Resurrección de Cristo y también su Venida en el último día. A este tiempo se refiere Jesús cuando nos exhorta a estar atentos y vigilar. Para expresar esto, suele traducirse: «No saben cuándo es el momento».

Cuando Jesús resucitado ascendió al cielo, dos hombres vestidos de blanco dijeron a los apóstoles, que lo vieron elevarse: «Este Jesús, que de entre ustedes ha sido ascendido al cielo, vendrá, de la misma manera que lo han visto irse al cielo» (Hech 1,11). Para expresar esto Jesús usa una comparación, como solía hacer Él en su enseñanza: «Es como un hombre que, partiendo de viaje, deja su casa y da a sus siervos el poder, a cada uno su encargo, y al portero mandó que velara». Esta es la situación de la humanidad en este tiempo. Pero Jesús sigue: «Por tanto, velen. Pues no saben cuándo viene el señor de la casa». Jesús ha dicho antes: «Un hombre»; ahora, cuando se trata de la venida, dice: «El señor» y usa la expresión «Kyrios». Es la expresión que usa la conclusión de todo el Nuevo Testamento, dejandonos a la espera del Señor y anhelando su pronta venida: «“Sí, vengo pronto”. “Amen. Ven Señor (Kyrie) Jesús”» (Apoc 22,20). La liturgia eucarística ha introducido la expresión de este anhelo inmediatamente después de la consagración, cuando Cristo se ha hecho presente en medio de la asamblea: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor, Jesús!».

Jesús detalla las cuatro vigilias de la noche, que se usaban en el imperio romano para los turnos de los guardias: «Al anochecer, o a medianoche, o al canto del gallo o al amanecer». Cada turno duraba tres horas: 18-21; 21-24; 0-3: 3-6 horas. La vigilancia del cristiano debe ser en todos los turnos: «No sea que venga de improviso y los encuentre dormidos». Jesús declara que la vigilancia en la espera de su Venida es una actitud cristiana esencial: «Lo que digo a ustedes, lo digo a todo: ¡Velen!».

Este es un mandato de Jesús poco observado. Es raro encontrar a alguna persona, incluso un buen cristiano, que esté atento a la venida gloriosa de Jesús, tal vez porque han pasado más de veinte siglos de su partida y, entretanto, muchos miles de millones de seres humanos han muerto y no estarán en la tierra para su venida. Esta fue una preocupación de la primera comunidad cristiana. Ellos anhelaban la venida de Jesús y querían estar vivos cuando viniera. La primera jaculatoria cristiana se ha conservado en su tenor original arameo: «Marana tha» (Ven, Señor). En el primer escrito cristiano, la primera carta a los tesalonicenses, en el año 51 d.C., San Pablo responde a esa preocupación (él, por cierto, pensaba que él mismo estaría vivo): «Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron… los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, … seremos arrebatados al encuentro del Señor» (cf. 1Tes 4,15-17). Gradualmente, el apóstol comprendió que el tiempo para el anuncio del Evangelio sería más largo y pasó a tener más importancia su ida al encuentro con el Señor: «Para mí el vivir es Cristo, y la muerte, una ganancia… deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es lejos lo mejor…» (Fil 1,21.23). El apóstol partió al encuentro con el Señor, probablemente en el año 64 d.C., y ahora espera ser de los que resucitarán primero cuando «el Señor, al sonido de la trompeta baje del cielo» (cf. 1Tes 4,16). En este tiempo de Adviento debemos encender nuestro anhelo del encuentro con el Señor, cuando Él venga.

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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