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LLÁMANOS

Mis ojos han visto tu Salvación

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En la reforma litúrgica ordenada por el Concilio Vaticano II, la Solemnidad de la Sagrada Familia, que ya se celebraba desde antes, fue trasladada al domingo siguiente a la Solemnidad de la Navidad, para destacar la estrecha relación entre ambas fiestas. Fue una decisión muy acertada, pues deja en evidencia que, para que el Hijo de Dios se hiciera verdadero hombre, no bastaba que Dios lo enviara «nacido de mujer» (cf. Gal 4,4); era necesario que lo enviara nacido en el seno de una familia y así Dios nos enseña que la familia es el contexto natural y esencial para el nacimiento y desarrollo armonioso de todo ser humano. Así fue también para su Hijo hecho hombre.

La familia es la célula esencial de la sociedad humana, de manera que «cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida» (San Juan Pablo II, Carta a las Familias, 2 de febrero 1994, N. 2). Podemos afirmar, entonces, que los males que aquejan hoy a la humanidad y a la sociedad, en general, tienen su origen en la disolución de la familia, definida como «una comunidad de vida y de amor fundada sobre la unión indisoluble entre un hombre y una mujer».

En estos días de Navidad, la liturgia de la Iglesia nos habla sobre la familia en la que vino al mundo el Hijo de Dios, Jesús, familia que, dados sus integrantes −José, María y Jesús− es sagrada y modelo para toda familia cristiana. En esta Solemnidad de la Sagrada Familia el Evangelio nos narra el episodio de la Presentación del Niño Jesús en el templo, cuarenta días después de su nacimiento.

«Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor». En esta breve noticia se insiste tres veces en que ellos cumplían la Ley del Señor. Bien conocían José y María la Palabra de Dios que pone en el cumplimiento de la Ley de Dios la felicidad del ser humano: «Mira, Yo pongo hoy ante ustedes bendición y maldición. Bendición, si escuchan los mandamientos del Señor, Dios de ustedes… Maldición si desoyen los mandamientos del Señor Dios de ustedes…» (Deut 11,26-28). La bendición de Dios es la fuente de todos los bienes para el ser humano. Cuando Dios bendice, se ilumina su rostro sobre el ser humano: «El Señor tenga misericordia de nosotros y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros…» (Sal 67,2). Es la sonrisa de Dios sobre el ser humano, la sonrisa de un Padre sobre su hijo. Este es el bien máximo del hijo, sobre todo, cuando el Padre es Dios.

El resto del relato se centra sobre Simeón y su admirable profecía sobre el Niño Jesús: «Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel». Y para decir lo máximo: «Estaba en él el Espíritu Santo». Es el mismo Espíritu que obró la encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María, su madre: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). La tradición ha visto en Simeón a un anciano, porque él «espera la consolación de Israel» y no puede dejar este mundo antes de que se cumpla. En efecto, «le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor». Ver al Ungido del Señor es lo que todos esperaban antes de la venida de Cristo, como él mismo lo declara: «Muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron» (cf. Lc 10,24). También Simeón lo deseaba; pero a él le fue revelado que lo vería antes de morir. Esperaba sólo esto.

En un día cualquiera, Simeón sintió el impulso de ir al templo y fue el preciso momento en que los padres de Jesús concurrían al mismo lugar: «Movido por el Espíritu, vino al templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, lo tomó en brazos y bendijo a Dios…». Podemos afirmar que las palabras que pronunció Simeón, teniendo al Niño Jesús en sus brazos, fueron inspiradas por el Espíritu Santo, porque han permanecido hasta hoy y las repiten todos los días, al término del día, los que celebran la Liturgia de las Horas: «Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu Salvación». Profetiza que la Salvación de Dios, que toda la humanidad esperaba, se realizaba en la Persona de ese Niño, que en su aspecto externo no se diferenciaba de otros niños, que eran presentados en el templo. Y sigue diciendo sobre Él: «Salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Simeón comprende que la Salvación obrada por Dios por medio de ese Niño es universal, es para que la vean «todos los pueblos», incluso «los gentiles».

Esta bendición de Simeón, que se llama con las primeras palabras latinas: «Nunc dimittis», deberían recitarla todos los días, no sólo el personal consagrado, sino todos los cristianos. Nosotros tenemos muchos más motivos que Simeón para decir: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz», porque nosotros no sólo hemos visto al Señor, sino que a nosotros se nos concede compartir su misma vida divina, según lo que oímos a Él mismo decir: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna…» (Jn 6,54). Nada es eterno que no sea de Dios. Por eso, la vida que se nos concede es la de Dios mismo. Podemos decir: «Puedes dejarnos ir en paz, porque ya gozamos de tu misma vida divina». Esto no le fue concedido a ningún profeta o rey y tampoco al mismo Simeón.

Después de bendecir a Dios con el «Nunc dimittis», Simeón bendice a los padres de ese Niño. Ha bendecido así a toda la familia. Y sigue profetizando sobre ese Niño, ahora dirigiendose a su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos…, y para ser signo de contradicción…». Esta profecía se cumplió en Jesús y se ha cumplido en todos los siglos de la Iglesia, con los que son fieles a su Palabra. Jesús es la Verdad y no adula los oídos de los hombres diciendo lo «políticamente correcto» y, por eso, fue crucificado. Ocurre también hoy con sus discípulos: «Acuerdense de la palabra que les he dicho: “El siervo no es más que su Señor. Si me han perseguido a mí, también los perseguirán a ustedes; si han guardado mi Palabra, también guardarán la de ustedes”» (Jn 15,20).

Lucas, que tiene particular sensibilidad por la mujer, si ha hablado de un varón −Simeón−, no puede omitir también una mujer: «Había también una profetisa, Ana…». También ella sabe quién es ese Niño: «Alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén».

El episodio termina dejando a la Sagrada Familia en su vida familiar oculta: «Cuando cumplieron todas las cosas, según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret». Jesús permanecerá con sus padres hasta la edad de treinta años, antes de comenzar su vida pública (Lc 3,23). De todo este tiempo conocemos solamente otro episodio, cuando Jesús, a la edad de dice años, con ocasión de una peregrinación a Jerusalén, se quedó en la casa de su Padre (cf. Lc 2,41-51).

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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