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LLÁMANOS

No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído

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Dos son las venidas de Cristo que se nos invita a contemplar en este tiempo del Adviento. Su primera venida ocurrió en la historia, cuando el Hijo de Dios, uno de la Trinidad, se encarnó en el seno virginal de María y se hizo hombre. Sobre Él sus apóstoles pueden decir: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… lo anunciamos a ustedes» (cf. 1Jn 1,1.3). Ese anuncio lo tenemos nosotros en el Evangelio y en los demás escritos del Nuevo Testamento. Aunque «fue elevado al cielo y una nube lo ocultó de sus ojos» (Hech 1,9), desde entonces, según su promesa, no ha faltado un solo día en que no permanezca con nosotros: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20). Su segunda venida es la que esperamos; ocurrirá en «el último día», en ese «fin de los tiempos» indicado por Jesús: «Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria» (Mc 13,26). En el tiempo del Adviento pasamos de la consideración de esta segunda venida de Cristo −Domingo I de Adviento− a la consideración de su venida en la historia, que contemplamos desde este Domingo II de Adviento hasta la celebración de su Nacimiento.

Es imposible contemplar esa primera venida del Hijo de Dios sin mencionar a la persona de Juan el Bautista, quien, por eso, recibe el título de «Precursor» y que lo precede desde el seno materno. En efecto, cuando el ángel Gabriel anuncia a María que ella «concebirá en el seno» −se entiende, virginalmente− al Hijo de Dios, agrega: «También Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella a quien llamaban estéril» (Lc 1,36). Este hijo de Isabel es Juan. Por su parte, el Prólogo del IV Evangelio, antes de la afirmación central −«La Palabra se hizo carne»−, informa: «Hubo (eghéneto) un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan. Éste vino para un testimonio; para que diera testimonio de la Luz; para que todos creyeran por medio de él» (Jn 1,6-7).

El Evangelio de Marcos, que es el primero que fue escrito y difundido, se abre con la presentación de Juan: «Como está escrito en el profeta Isaías… apareció (eghéneto) Juan bautizando en el desierto…». El verbo usado «eghéneto», que significa: «devenir, acontecer, ser», es idéntico al usado, cuando llega el turno de Jesús: «Y aconteció (eghéneto) en aquellos días que vino Jesús, de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9).

Juan tuvo la certeza de que la salvación anunciada por los profetas estaba ya en el mundo en la forma de «una Luz que nace de lo alto» (cf. Lc 1,78), pero faltaba que esa Luz se manifestara: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). Juan originó un gran movimiento con el fin de preparar a los que acudían a él para ese día: «Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados». Este fue su modo de preparar el camino al Señor.

Juan tenía conciencia de que esta era su misión y la resume con estas palabras: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y yo no soy digno de inclinarme y desatar la correa de sus sandalias». Y expresa la razón de esa inmensa desproporción en estos términos: «Yo los he bautizado con agua, pero Él los bautizará con Espíritu Santo».

En todas las fuentes de que disponemos aparece la actividad de Juan previa a la manifestación de Jesús y como preparación a ella. De hecho, los primeros discípulos de Jesús habían sido antes discípulos de Juan y siguieron a Jesús, cuando Juan lo señaló como el que tenía que venir. Jesús reconoce esa preparación de Juan, cuando termina su misión en esta tierra y está por ascender al cielo. Ordena a los Doce no alejarse de Jerusalén, sino esperar. Y agrega: «Juan bautizó con agua −se entiende, a ellos−, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hech 1,5).

Esta constancia en presentar a Juan como el precursor de Jesús es prueba de que así fue históricamente. Esto explica que la primera comunidad cristiana viera cumplida en Juan una antigua profecía de Isaías, que, sin embargo, acomoda para aplicarla a Precursor. El profeta Isaías decía: «Una voz clama: “En el desierto abran camino al Señor, tracen en la estepa una calzada recta a nuestro Dios”» (Is 40,3). En la situación histórica de Isaías (el segundo Isaías), año 550 a.C. aprox., cuando se preveía el regreso del exilio de Babilonia, se trataba de una voz anónima que exhortaba a preparar en el desierto un camino expedito al paso del pueblo. Marcos, en cambio, siguiendo la comprensión de los cristianos, sitúa esa voz que clama en el desierto, para hacerla corresponder a Juan, que precisamente predicaba en el desierto y allí hacía oír su voz. La relativa imprecisión del evangelista se observa también en el hecho de atribuir a Isaías otra profecía que, en realidad, es de Malaquías: «He aquí que yo envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí» (Mal 3,1).

La inmensa diferencia indicada por Juan entre su bautismo con agua y el Bautismo en el Espíritu Santo, diferencia asumida por Jesús, cuando promete a sus apóstoles el Espíritu Santo, se observa en la transformación de los apóstoles después que recibieron ese don el día de Pentecostés. Los mismos que antes lo negaron, aunque habían oído la predicación de Jesús y visto sus admirables milagros, después, lo predicaron con total valentía y conocimiento hasta el punto de declarar ante el tribunal judío, que les prohibía hablar en el Nombre de Jesús: «Juzguen ustedes si es justo delante de Dios obedecerles a ustedes más que a Dios. Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hech 4,19-20).

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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