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LLÁMANOS

Para que todos creyeran por medio de él

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El Evangelio de este Domingo III de Adviento nos presenta nuevamente la figura de Juan Bautista, siempre en su misión de precursor de Aquel que había sido prometido por Dios como el salvador de su pueblo.

El pueblo de Israel es un pueblo esencialmente marcado por la esperanza de salvación, tanto que en sus libros sagrados transfiere esa esperanza al primer ser humano −Adán y Eva− desde el momento mismo de su caída y de su necesidad de ser salvado. La serpiente antigua, induciendolo al pecado, había introducido en el mundo la muerte y todos los males, de los cuales el ser humano necesita ser salvado, como comenta San Pablo: «Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte» (Rom 5,12). Pero, desde ese primer momento, el Señor formula esta sentencia contra la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta te pisoteará la cabeza, mientras tú acechas su talón» (Gen 3,15). Es una primera promesa divina de salvación. Desde entonces, se espera a Aquel que vencerá a la serpiente y liberará al ser humano del pecado y de la muerte.

En el curso de la historia, Dios se formó un pueblo y le dio un rey, elegido por Él, David, que fue instituido por medio de una unción y el don del Espíritu del Señor: «Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el Espíritu del Señor» (cf. 1Sam 16,13). Dios prometió a David, por medio del profeta Natán, un hijo que consolidaría su trono: «Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza… Yo seré para él padre y él será para mí hijo… no apartaré de él mi amor… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente» (1Sam 7,12.14.16). Desde entonces, la esperanza se concentró en un hijo de David, Ungido como él, un Xristós, como lo cantaba el pueblo en su culto: «He encontrado a David mi siervo, con mi óleo santo lo he ungido; mi mano será firme para él, y mi brazo lo hará fuerte» (Sal 89,21-22). O, como lo anuncian los profetas: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido el Señor y me ha enviado a evangelizar a los pobres…» (Is 61,1).

Esta es la expectativa que tenía Israel, cuando Juan comenzó su misión de precursor. El Prólogo del IV Evangelio, después de moverse en la eternidad de Dios −«En el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios…»−, desciende bruscamente a la historia humana −historia de salvación− indicando este primer evento: «Hubo (eghéneto) un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan». Su misión era preceder al esperado, que ya era llamado «el Cristo», y dar testimonio de Él. Pero esa misión está expresada en una forma paradojal: «Vino para un testimonio, para dar testimonio de la Luz». La Luz no necesita ser iluminada; ella ilumina todo. ¿Cómo puede recibir el testimonio de otro, tanto más de otro sobre el cual se dice: «No era él la Luz»? Es que, precisamente, la Luz vino en la humildad de nuestra carne y, por eso, se requiere, por un lado, el testimonio y, por otro lado, la fe. Con razón el Prólogo agrega esta afirmación impactante respecto de Juan: «Para que todos creyeran por él».

El Evangelio de este domingo pasa luego al relato del testimonio de Juan: «Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: “¿Quién eres tú?”». Juan se había hecho notar y había creado en torno a sí un movimiento de conversión que había adoptado como rito de iniciación un bautismo, un baño ritual con agua: «Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando». Juan no responde a la pregunta sobre su identidad, sino que dice una de las cosas que él no es, que corresponde a lo dicho ya anteriormente: «No era él la Luz». Más aún, su respuesta está introducida por un comentario confuso: «Él confesó y no negó; confesó…». Pero sigue una negación: «Yo no soy el Cristo». Esta negación, lo mismo que la del Prólogo, insinúa que Juan gozaba de gran prestigio, hasta el punto de que algunos pensaran que era él el esperado. Lo dice explícitamente Lucas: «Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo» (Lc 3,15).

Esta primera negativa debió dejar a las autoridades religiosas venidas de Jerusalén más tranquilos. Pero, entonces, dado que Juan no respondió sobre su identidad, quieren excluir otra hipótesis: «¿Eres tú Elías?». Ahora Juan responde a la pregunta: «No lo soy». Quieren excluir otra hipótesis aún: ««¿Eres tú el profeta?». Esta pregunta requiere una explicación. «El profeta» −con artículo definido− es un profeta conocido. En efecto, Moisés había dicho al pueblo: «El Señor tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien ustedes escucharán» (Deut 18,15). A este profeta, como Moisés, se refieren. Hubo muchos profetas después de Moisés, pero ninguno reivindicó esta condición. Tampoco la reivindicó Juan, que respondió: «No», a pesar, de ser definido por Jesús como «más que un profeta» (cf. Mt 11,9; Lc 7,26). Esta condición corresponde sólo a Jesús y la declara el mismo Dios, cuando, en presencia de Moisés, dice refiriendose a Jesús en su Transfiguración: «Este es mi Hijo, el amado… escuchenlo» (Mt 17,5).

Excluido que sea el Cristo o Elías o el profeta como Moisés, Juan responde a la pregunta, para que los enviados puedan decir quien es: «Yo soy voz del que clama en el desierto: “Rectifiquen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». En armonía con toda la tradición, porque todos dependen de Marcos (Mc 1,3; Mt 3,3; Lc 3,4), también el IV Evangelio ubica en el desierto esa voz misteriosa del profeta Isaías, en tanto que, según el profeta Isaías, esa voz clama en los oídos del pueblo, invitando a hacer un camino recto en el desierto para que el pueblo pueda transitar sin tropiezo del exilio a la libertad.

El interrogatorio sigue, pero precedido de una aclaración: «Los enviados eran fariseos». Y, entonces, porque eran fariseos, preguntan: «¿Por qué bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Los fariseos eran el único grupo en Israel que creían en el Espíritu de Dios y en su acción. Implican que el rito practicado por Juan pretendía conceder ese Espíritu. Juan, entonces, aclara: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes está Uno a quien no conocen, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». El resto de la respuesta se da por conocido. Nosotros tenemos que verificar que así sea: «Él los bautizará en el Espíritu Santo».

Era verdad que en medio de ellos estaba ya ese que no conocían. Era de la misma edad que Juan −seis meses más joven−, pero aún no se había manifestado. La frase siguiente del Evangelio nos presenta el testimonio de Juan: «Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”» (Jn 1,29). Este es el que está también en medio de nosotros y que el mundo hoy tampoco conoce. Cada uno de nosotros debe acogerlo en su corazón y dar testimonio de Él, como hizo Juan.

Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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