Lc 6,12-13.17.20-26
En el Evangelio del domingo pasado nos presentaba Lucas las circunstancias en que Jesús llamó a sus primeros tres discípulos, Simón Pedro y los hermanos Santiago y Juan, que serán sus más íntimos y los testigos de episodios importantes de su vida, como son la transfiguración (cf. Lc 9,28-29), la resurrección de la hija de Jairo (cf. Lc 8,51) y la oración en el huerto de los olivos (cf. Mc 14,33). En la primera parte del Evangelio de este Domingo VI del tiempo ordinario, Lucas nos relata las circunstancias en que Jesús formó el grupo de los Doce, que serán las doce columnas sobre las cuales fundará su Iglesia.
«Sucedió que por aquellos días se fue Él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios». Este antecedente, que Lucas subraya, es esencial. Sabemos así que una decisión tan trascendental para la historia del cristianismo fue precedida por la oración de Jesús, una oración que no duró un instante, sino toda la noche, en un ambiente de silencio y soledad. Ya nos ha mostrado Lucas a Jesús en oración, con ocasión del bautismo de Juan: «Puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy»» (Lc 3,21-22); y nos ha informado que la oración era algo habitual en Jesús: «Él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba» (Lc 5,16).
Si este es el ejemplo de Jesús −en Él todo es Palabra de Dios−, entonces nuestros templos deberían ser lugares donde los fieles puedan entregarse asiduamente a esa «oración de Dios». Deberían estar, por tanto, siempre abiertos y ofrecer el clima de silencio y recogimiento para ese encuentro con Dios. Es más, el Papa San Juan Pablo II indicaba la oración como el segundo de los siete puntos que daba a toda la Iglesia como programa para este tercer milenio cristiano −el primero es el llamado a la santidad− e insistía: «Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración»» (Novo Millennio ineunte, N. 33,3).
«Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles». Jesús debió hacer un discernimiento serio, porque de entre todos sus discípulos −no sabemos cuántos eran en ese momento− «eligió doce». Con este número preciso Jesús manifiesta su voluntad de crear un pueblo que, así como Israel se fundaba sobre los doce patriarcas hijos de Jacob, se funde sobre estos doce elegidos. Este nuevo Pueblo de Dios es universal y debe incluir a «todos los pueblos». No crece, por tanto, vegetativamente, sino por apostolado. Eso significa el nombre que Jesús da a los doce: «apóstoles» (enviados). Este es un nombre inventado por Jesús que no debemos perder, porque es esencialmente cristiano. El Catecismo lo define así: «Se llama «apostolado» a toda actividad del Cuerpo Místico que tiende a propagar el Reino de Cristo por toda la tierra» (Catecismo, N. 863). Este es el anhelo de Jesús y su mandato supremo: «Hagan discípulos a todos los pueblos» (cf. Mt 28,20); .
Se ve que esos doce subieron con Jesús al monte donde había subido Él a orar, porque el Evangelio continúa: «Bajando con ellos Jesús se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón». Lucas distingue entre los que ya son discípulos de Jesús y la muchedumbre de los que vienen de todos lados «para oírlo y ser curados de sus enfermedades». Va a seguir una enseñanza de Jesús, que en el Evangelio de Lucas toma el nombre de «sermón de la llanura» y que se introduce con las bienaventuranzas y correspondientes maldiciones, según el procedimiento del paralelismo antitético, frecuente en la enseñanza bíblica.
Sabemos que los evangelistas Mateo y Lucas conocieron el Evangelio de Marcos, pero ellos escribieron su respectivo Evangelio independientemente. No pudieron conocer las bienaventuranzas por Marcos, porque este evangelista no las incluye en su obra. Según una hipótesis aceptable, ambos evangelistas habrían conocido las bienaventuranzas de otra fuente común que la ciencia bíblica llama «fuente Q». Pero cada evangelista ubica diversamente el sermón introducido por ellas −Mateo en el monte y Lucas en la llanura− e introducen otras diferencias. Como hemos dicho, Lucas tiene también las cuatro maldiciones, que contribuyen a dar fuerza a las correspondientes bienaventuranzas, y todas están expresadas en segunda persona plural: «Bienaventurados ustedes… Ay de ustedes…».
Las bienaventuranzas son ciertamente una enseñanza esencial de Jesús. Son una expresión de que esta vida terrena no es la definitiva, sino solo la antesala de la verdadera vida, que es la eterna, en la cual los males sufridos en esta tierra por fidelidad al Evangelio se revertirán en felicidad eterna. Por eso, cada una de ellas acentúa la diferencia entre el «ahora» aquí y el futuro.
«Alzando los ojos hacia sus discípulos, Jesús decía: «Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Bienaventurados ustedes los que tienen hambre ahora, porque serán saciados. Bienaventurados ustedes los que lloran ahora, porque reirán. Bienaventurados serán ustedes cuando los hombres los odien, cuando los expulsen, los injurien y proscriban el nombre de ustedes como malo, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, que la recompensa de ustedes será grande en el cielo»».
Jesús dirige estas palabras a los que ya son sus discípulos y nos da una descripción de su condición: «Ustedes los pobres, los que tienen hambre, los que lloran…». Es el mismo perfil de la comunidad cristiana, que 25 años más tarde describe San Pablo en su primera carta a los corintios: «¡Miren, hermanos, quiénes han sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha elegido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha elegido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha elegido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es» (1Cor 1,26-28). Esa es su condición presente; pero Jesús les predice también para el futuro persecuciones «por causa del Hijo del hombre», se entiende por ser discípulos de Él; y, también, para el momento en que eso ocurra, inmensa alegría y saltos de gozo, ya en ese mismo momento; y, por último, les promete una recompensa grande en el cielo. Lucas fue testigo del cumplimiento de esa bienaventuranza, como lo escribe en los Hechos de los Apóstoles: «Entonces llamaron a los apóstoles; y, después de haberlos azotado, les intimaron que no hablasen en Nombre de Jesús. Y los dejaron libres. Ellos salieron de la presencia del Sanhedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre» (Hech 5,40-41). Se podrían citar miles de casos en que los mártires van a enfrentar la muerte por Cristo llenos de alegría.
Las así llamadas «maldiciones» son, en realidad, serias advertencias para inducir a quienes se encuentran en ese caso lamentable a reaccionar y cambiar: «Ay de ustedes los ricos… los que están saciados… los que ríen…». ¿Cómo se explica que Jesús se lamente por quienes se encuentran en una situación de la cual todos quieren gozar «ahora» y hacen con ese fin inmensos esfuerzos? Lo explica quien es la Verdad: «Porque ya recibieron aquí su consuelo, porque pasarán hambre, porque tendrán aflicción y llanto» y éstos serán eternos. Es motivo de lamentarse por ellos.
Una mención especial merece la última advertencia, que parece ser hecha especialmente para nuestro tiempo: «¡Ay de ustedes, cuando todos los hombres hablen bien de ustedes!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas». Llegar a «todos los hombres» es una meta difícil de alcanzar; tal vez con los medios de comunicación del tiempo actual se pueda pretender; pero que todos ellos hablen bien de alguien, se logra solamente con la mentira; lo logran solamente «los falsos profetas», los que sacrifican la verdad, por el aplauso efímero de los hombres.
En los próximos dos domingos −Domingos VII y VIII del tiempo ordinario− seguiremos leyendo el «Sermón de la llanura». El Evangelio del Domingo IX del tiempo ordinario, ciclo C, comienza con la conclusión de ese discurso: «Cuando acabó Jesús todas estas palabras suyas a oídos del pueblo, entró en Cafarnaúm» (Lc 7,1). Pero el Domingo IX ciclo C no se celebra desde hace más de 30 años −desde el año 1992, que es el año en que comienzan estos comentarios− y tampoco este año se celebrará, porque será ya el Domingo I de Cuaresma. El Evangelio de ese domingo, Lc 7,1-10, es el importante episodio en que un centurión, que tenía un siervo enfermo en su casa, dice a Jesús, que se disponía a ir a curarlo: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; dilo de palabra y mi siervo quedará sano» y mereció de Jesús la sentencia: «Les digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Este episodio, que recordamos en cada Eucaristía antes de la Comunión, tiene paralelo en Mateo (Mt 8,5-10.13); pero tampoco se lee en el ciclo A, propio de Mateo. No se lee nunca en día domingo. No sería mala idea prolongar la lectura del Evangelio del Domingo VIII e incluir ese hermoso episodio en que Jesús celebra la fe de un pagano más que la de todos en Israel.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
