Con una Catedral colmada de fieles provenientes de diversas comunidades, la Iglesia de Santa María de los Ángeles vivió una emotiva Misa Crismal marcada por la renovación de las promesas sacerdotales, la bendición de los santos óleos y un significativo gesto de acompañamiento a los presbíteros.
En un clima de profundo recogimiento y sentido eclesial, la Iglesia diocesana de Santa María de los Ángeles celebró el miércoles 1 de abril la solemne Misa Crismal en el Templo Catedral, corazón espiritual de la diócesis, congregando a fieles provenientes de todas las parroquias del territorio.
La jornada se inició con un momento particularmente significativo: entre las 19:00 y las 20:00 horas, los sacerdotes de la diócesis se dispusieron para administrar el sacramento de la Reconciliación, ofreciendo a los fieles la posibilidad de disponerse interiormente, mediante la gracia del perdón, para participar plenamente de este misterio central en la vida de la Iglesia.
A continuación, se celebró la Eucaristía presidida por el Obispo diocesano, monseñor Cristian Castro, concelebrada por el presbiterio, asistida por los diáconos permanentes y seminaristas. El Templo Catedral se vio colmada de fieles, reflejo visible de una Iglesia viva y peregrina, con delegaciones provenientes de Tucapel, Laja, Nacimiento, Mulchén y Quilleco, quienes llegaron con alegría y devoción para participar de esta celebración que manifiesta la comunión de la Iglesia particular con su Pastor.
La liturgia, vivida con solemnidad y belleza, fue acompañada por el coro diocesano, cuya ejecución cuidada y profundamente orante favoreció un ambiente de contemplación, ayudando a la asamblea a elevar el espíritu y a disponerse interiormente al misterio celebrado. No pocos fieles se vieron conmovidos ante la fuerza espiritual de los signos y cantos litúrgicos.
Uno de los momentos más elocuentes fue la renovación de las promesas sacerdotales, en la que los presbíteros, en comunión con su Obispo, reafirman públicamente su entrega a Cristo y a la Iglesia. Este año, dicho gesto estuvo marcado por un signo profundamente significativo y propio de esta diócesis: cada sacerdote fue acompañado por un matrimonio en calidad de padrinos.
Esta tradición, nacida a partir de la experiencia del padre Paolo Lastrego, constituye un signo singular en la Iglesia en Chile, y expresa de manera concreta la dimensión comunitaria del ministerio ordenado. Estos matrimonios asumen el compromiso de acompañar a sus sacerdotes no solo desde la cercanía humana, sino especialmente desde la oración, el cuidado fraterno y el sostén en las alegrías y dificultades del ministerio. Durante este momento, la asamblea vivió un profundo silencio orante, cargado de emoción y sentido de comunión.
En su homilía, monseñor Cristian Castro invitó a los presentes a contemplar el misterio del sacerdocio a la luz de la Palabra proclamada, recordando cómo Cristo mismo reconoce en su vida el cumplimiento de la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado”. Desde esta certeza, subrayó que toda la Iglesia participa de esta unción desde el Bautismo, pero que de manera particular se manifiesta en el sacramento del Orden, configurando a los sacerdotes con Cristo Buen Pastor.
Asimismo, destacó el profundo sentido de la bendición de los santos óleos —el óleo de los catecúmenos, el óleo de los enfermos y el Santo Crisma— los cuales, consagrados en esta celebración, serán signos eficaces de la gracia de Dios en los distintos sacramentos a lo largo del año, fortaleciendo, sanando y santificando al Pueblo de Dios.
El Obispo también profundizó en tres dimensiones esenciales del ministerio sacerdotal, inspiradas en el magisterio reciente del Papa León XIV: un presbiterio en permanente discipulado, llamado a configurarse cada día más con Cristo mediante la oración y la formación integral; un presbiterio fraterno, que vive la comunión como don nacido del sacramento del Orden, rechazando toda forma de aislamiento; y un presbiterio con espíritu sinodal, que ejerce su misión desde el servicio, la corresponsabilidad y la cercanía con los laicos.
En este contexto, tuvo palabras de especial gratitud hacia los padrinos y madrinas presentes, destacando su misión de acompañar, sostener y cuidar a sus sacerdotes, recordando que este vínculo no se limita a lo afectivo, sino que encuentra su raíz más profunda en la oración y en la comunión eclesial.
La celebración culminó en un clima de gratitud y esperanza, donde el Pueblo de Dios, reunido en torno a su Pastor, renovó su conciencia de ser una Iglesia ungida y enviada, fortalecida por los sacramentos y llamada a vivir con fidelidad la misión evangelizadora.
