La segunda jornada del Triduo Pascual convocó a numerosos fieles en toda la diócesis, quienes participaron con profunda devoción en la Liturgia de la Palabra, la Adoración de la Cruz y los tradicionales Vía Crucis en cada comunidad.
En un ambiente de silencio, recogimiento y profunda contemplación del misterio de la Pasión del Señor, la Diócesis de Santa María de los Ángeles vivió con significativa participación el Viernes Santo, segunda jornada del Triduo Pascual, donde la Iglesia invita a los fieles a meditar el sacrificio redentor de Jesucristo.
Durante la jornada, las distintas parroquias y comunidades del territorio diocesano dieron inicio a sus celebraciones con la solemne Liturgia de la Palabra, seguida de la Adoración de la Cruz, signo elocuente del amor entregado de Cristo por la humanidad. Estos momentos litúrgicos permitieron a los fieles adentrarse en el misterio del dolor, la entrega y la esperanza que brota desde la Cruz.
Posteriormente, se dio paso a los tradicionales Vía Crucis, que se desarrollaron en cada comunidad, recorriendo espiritualmente el camino de Jesús hacia el Calvario. En el caso del Decanato Ciudad, esta expresión de fe fue organizada por el Departamento de Pastoral Juvenil, en conjunto con parroquias, colegios y universidades confesionales, y fue transmitida a través de Radio Regina Coeli, permitiendo así que muchos fieles se unieran desde sus hogares.
El Vía Crucis diocesano se realizó por las calles céntricas de la ciudad de Los Ángeles, iniciando en el frontis del Hospital, un lugar cargado de profundo simbolismo, que representa el dolor, pero también la esperanza y la vida de tantos hermanos que sufren. Desde allí, la procesión, encabezada por el Obispo diocesano junto al clero, avanzó recogidamente, deteniéndose en cada estación para orar y meditar la Pasión del Señor, en un testimonio público de fe que conmovió a quienes acompañaron el recorrido.
Al llegar a la última estación, Monseñor Cristián Castro ingresó al Templo Catedral, donde dirigió a los presentes un significativo mensaje, invitando a renovar la esperanza a la luz de la Cruz, recordando que en el dolor y la entrega de Cristo se encuentra la promesa de vida nueva para toda la humanidad.
De este modo, el Viernes Santo se vivió como una jornada de profunda comunión eclesial, donde el pueblo de Dios, unido en la oración, acompañó a Cristo en su camino de entrega, preparando el corazón para la esperanza de la Pascua.
